—Por cierto, hay algo más. Descubrí que todos estos años tu padre ha estado tomando un medicamento y, según el reporte de laboratorio, si se excede la dosis, puede provocar desmayos repentinos e infartos. Esta parálisis por el daño cerebral es una de las complicaciones. Es una sustancia muy sofisticada; los doctores de aquí difícilmente la notarían, pero no se me escapó.
Saúl de repente ató cabos.
—¿Quieres decir que alguien lo ha estado envenenando?
—Es lo que sospecho. Y considerando que la dosis ha aumentado de golpe en los últimos años, ¡dudo que sea obra de una sola persona!
—¿Acaso será...?
A Saúl se le vino un nombre a la cabeza, pero prefirió no decirlo en voz alta.
Cecilia captó la indirecta al vuelo; los dos estaban pensando en la misma persona.
—Por lo visto, las aguas en la familia Rivas son muy turbias. Que tu padre se haya desmayado de repente no fue coincidencia, todo estaba planeado —comentó Cecilia.
—De hecho, ahora hasta sospecho que el accidente de Leandro tiene que ver con Joaquín. Seguro él le metió cizaña para que Leandro me odiara. Armó todo el teatro para paralizarme y dejarme tirado en La Franja del Norte, y así quitarme de su camino para siempre.
—Es muy probable. Tu hermano esconde sus cartas bastante bien —coincidió Cecilia.
Ninguno de los dos sospechó de Kevin ni de su madre.
La estúpida de Zoe jamás podría armar algo así sin ayuda.
Y Kevin era un completo inútil; de haber sido él, con lo astuto que era Leandro, habría descubierto su teatrito en un dos por tres.
***
Páramo Visual.
Debido al reciente escándalo de plagio en el concurso de diseño, la reputación de la empresa se había visto manchada.
Joaquín estaba buscando la manera de limpiar su imagen, por lo que incluso se fue de viaje de negocios al extranjero.
En cuanto regresó, Anaís fue a buscarlo a toda prisa.
Era la segunda vez que Anaís comprobaba lo despiadado que podía ser Joaquín.
La primera vez fue cuando le ordenó que se quedara junto a Saúl para vigilar todos sus movimientos y pasarle información.
Así que aquel secuestro de Saúl también fue en parte culpa de ella; si no hubiera filtrado su ubicación, esa gente jamás habría tenido la oportunidad.
A Joaquín ni siquiera le había importado la vida de su propio hermano; en ese momento Anaís descubrió la frialdad de ese hombre por primera vez.
Aunque Joaquín no quiso ir, Anaís estaba decidida a ver a Ainhoa.
Tenía muchas preguntas que hacerle.
Al llegar al sótano de la mansión de los Rivas y adentrarse en él, Anaís divisó una silueta solitaria sentada en medio de la penumbra.
En la jaula de al lado, había varios lobos encerrados.
¡Tener que ver a esas bestias hambrientas todos los días debía ser una tortura para Ainhoa!

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