Karina se frotó el pecho e intentó sonar despreocupada:
—No es nada.
—Si hubiera sabido que ibas a Villa Quechua, habría traído los regalos que compré para mis amigos de allá y te los daba para que los llevaras.
Lázaro le acarició el cabello:
—Le pediré a Aarón que los recoja después.
Karina asintió y no dijo nada más.
Para que ella no se hiciera falsas ideas, Lázaro respondió a su pregunta anterior con una excusa bastante razonable:
—Voy a regresar a Villa Quechua para ver cómo van esos dos con su pelea.
Karina lo abrazó con fuerza por la cintura:
—Entonces ten mucho cuidado, avísame en dónde estás y no vuelvas a desaparecer.
—Y no vuelvas... a lastimarte.
Esa última frase estaba cargada de una inmensa angustia.
El corazón de Lázaro se enterneció; se inclinó y besó su cabeza:
—A la orden, señora mía.
Esa noche, sabiendo que pronto se separarían, ninguno de los dos sintió ganas de dormir.
Incluso si no hacían nada y solo se abrazaban en silencio, platicando de todo y de nada, cada segundo se sentía extremadamente valioso.
Hasta que el cielo afuera empezó a clarear con las primeras luces del amanecer.
Solo entonces lograron conciliar el sueño abrazados por un breve rato.
...
Al día siguiente.
El clima en el pueblo fronterizo era excepcional; el sol brillaba con fuerza, disipando el frío invernal.
Los dos disfrutaron de un raro momento de relajación, paseando de la mano como una pareja normal por las calles del pueblo y probando la comida local.
Por la noche, de regreso en el hospital, recibieron otra buena noticia.
Al día siguiente pasarían a Mario a una habitación normal.
Desde que Mario despertó, su recuperación había sido asombrosamente rápida.
En tan solo dos días, todos sus signos vitales se estabilizaron e incluso ya podía bromear con Belén.
Al escuchar esta noticia, Karina sintió que por fin podía respirar tranquila.
Afuera de la habitación.
Karina le entregó a Belén una bolsa con ropa limpia y artículos de uso personal que había comprado en el pueblo.
Belén se veía mucho mejor, ya no tenía esa apariencia de estar a punto de romperse en cualquier instante.
Tomó la bolsa y, al enterarse de que Karina se iría a la mañana siguiente, la abrazó con fuerza.
—Kari... cuando estés allá, asegúrate de cuidarte mucho.
Karina le acomodó el flequillo despeinado y le dijo con dulzura:
—Amelia Barrios va conmigo, no te preocupes.
—Más bien tú, cuida tu salud mientras atiendes a Mario, no te vayas a agotar.
Las dos platicaron un rato en el pasillo, hasta que Lázaro apareció de la nada y se llevó a Karina.


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