Sin más, la Profesora Ortega se agachó, recogió todos los chocolates y se los llevó.
Al ver cómo su costoso regalo desaparecía, el rostro de Sabrina palideció.
No le importaba el decomiso en sí, ¡sino que esos chocolates estaban adulterados!
Además, eran carísimos, tanto que ella misma se había resistido a comerlos. Si no fuera porque Elvira estaba a dieta y empezaba a notarse más delgada, jamás habría invertido algo tan caro en ella.
A su lado, Elvira se sentó tranquilamente, satisfecha al ver que el plan de su amiga había fracasado.
Sabía que la Profesora Ortega tenía debilidad por los lujos. Siendo unos chocolates tan finos, lo más probable es que terminaran en su estómago.
«Quiero ver cómo Sabrina soluciona este desastre cuando la verdad salga a la luz», pensó.
Llegó la hora del receso. Apenas sonó la campana, Sabrina corrió a la sala de maestros para disculparse.
Al ver su actitud arrepentida, la Profesora Ortega no fue muy dura, pero la mirada de Sabrina estaba clavada en la caja sobre el escritorio.
—Profesora... a Elvira de verdad le gustan esos chocolates. ¿Cree que podría devolvérmelos para dárselos?
—¿No me acabas de decir que la niña está a dieta? Entonces no le ofrezcas golosinas —respondió la profesora en tono maternal—. Concéntrate en tus estudios. Me quedaré con esto para que aprendas la lección. Nada de pasarse cositas en mi clase.
Viendo que no recuperaría la caja, Sabrina quiso replicar, pero se tragó las palabras.
Tampoco podía confesar que les había inyectado pastillas.
—¿Pasa algo más? —preguntó la profesora, notando su nerviosismo.
—No... nada. Con permiso.
Sabrina salió corriendo de la oficina, aterrada de que la descubrieran.
Su corazón latía a mil por hora.
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Renacer y Casarme con el Rival de Mi Ex