CAPÍTULO 53. Amor y dividendos
Las risas iban muriendo poco a poco, ahogadas en el vapor cálido del baño y la mirada cargada de deseo que Rowan le clavó de repente. Sin aviso, sin transición. Era como si las carcajadas se hubieran convertido en hambre.
Raven se apartó de él un segundo. Era la primera vez que lo veía así, de pie. ¡O sea estando bastante sobria! Le sacaba al menos quince centímetros y se sentía una cosa chiquita y acariciable a su lado.
—¡Diablos, estás pensando que soy un peluchito! ¿Verdad? —murmuró con descaro.
—Eres mi cachorrita —replicó él—. ¿Cómo podría ser de otra forma?
Rowan la levantó contra aquella pared y la besó, fuerte, con esas manos que sabían exactamente cómo sostenerla. Raven respondió con la misma intensidad, con ese fuego que parecía habitarle en la piel desde la primera vez que se habían acercado.
El deseo hormigueaba dentro de ella y aún con ropa, se metieron juntos en el jacuzzi. El agua les empapó la ropa al instante, pero a ninguno le importó. Entre besos torpes y desesperados, intentaban desvestirse el uno al otro. Los botones se resistían, la tela húmeda no cooperaba, pero eso solo hacía todo más urgente.
—Esto es una pésima idea —murmuró Raven entre jadeos, mientras él le subía la blusa por los brazos—. Vamos a dejar todo hecho un desastre.
—Perfecto. Para eso contratamos servicio —dijo Rowan, y la besó de nuevo.
El vapor del agua, los cuerpos entrelazados y la risa entrecortada llenaron el espacio con algo eléctrico, salvaje. El mundo se volvió tibio y tembloroso, un vaivén de respiraciones entrecortadas, de movimientos frenéticos que fueron perdiendo ritmo para volverse más profundos. No había urgencia ya, solo deseo. Un deseo violento, cargado de pasión, de algo que ninguno de los dos quería nombrar pero que ambos sentían como un nudo en el pecho.
Raven se aferró a su cuello mientras lo sentía penetrarla de una sola embestida.
—¡Ah…! —exclamó desesperada mientras encajaba aquella mezcla de dolor y placer.
—Todavía te estás acostumbrando, está bien —susurró él aferrándose a su boca y el ritmo se volvió feroz, contante, perfecto entre el burbujeo del agua y el choque de sus cuerpos.
Raven sentía que cada empuje la rompía un poco más, pero no había un lugar en el mundo mejor que ese donde sus piernas rodeaban las caderas de Rowan y él se dejaba llevar por aquella fiebre como un semental en celo.
La sintió retorcerse de placer, gritar sin que nada le importara, y alcanzó aquel clímax con ella como si fuera un regalo.
Cuando salieron del jacuzzi, empapados y rendidos, Rowan la tomó en brazos como si fuera lo más natural del mundo. La llevó a la cama, sin decir una sola palabra, solo mirándola con esos ojos claros y firmes que Raven ya empezaba a reconocer como un refugio.
La acostó con cuidado, se metió junto a ella y la abrazó por un momento. Raven pensó que ahí terminaría la noche, que el cansancio haría lo suyo. Pero Rowan, con la cabeza apoyada en su pecho, levantó la vista y le preguntó con una sonrisa apenas dibujada:
Raven se giró ligeramente hacia Rowan y, en voz baja, como quien lanza una pregunta inocente pero cargada de segunda intención, le susurró:
—¿Hasta cuándo va a durar la obra?
Rowan pensó un momento antes de responder, y su voz fue tranquila, casi casual.
—Un poco más todavía. Pero mientras tanto —añadió, con tono firme— vamos a aprovechar cada segundo para que aprendas sobre las empresas, la tuya y la mía . ¿Te parece?
Raven asintió con una leve sonrisa. Aunque por dentro, algo se le movió, como un escalofrío invisible que le recorrió la espalda. No supo por qué. Tal vez fue la manera en que él lo dijo. O tal vez fue solo su instinto, ese que rara vez se equivocaba.
Se pusieron en marcha poco después del desayuno. Cada quien salió por su lado, con sus trajes, sus agendas y sus metas del día, pero Raven y Rowan se fueron juntos.
En el auto, mientras el chofer conducía, Raven miraba por la ventana con la frente apoyada en el vidrio. Algo no estaba bien. No sabía qué, pero lo sentía en el pecho como una piedrita que no podía sacarse. No tenía forma, ni explicación lógica, solo era una certeza incómoda, una tensión en el aire que no podía ignorar.
Se giró hacia Rowan por un segundo, como para preguntarle algo, pero al final no dijo nada. No tenía caso hablarle de presentimientos, cuando al final estaba muy claro que los dos estaban en el ojo del huracán. Todo lo que podía hacer era esperar y observar, porque si algo había aprendido en esa casa, era que todo salía a la luz... tarde o temprano.

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