CAPÍTULO 58. Poker y chalupas
Aurora retrocedió, entre aturdida y aterrada. La sangre seguía saliéndole del labio inferior, y sus ojos brillaban, no de furia, sino de humillación.
—¡Ah! Y antes de que logres echarme de aquí —continuó Raven, sin moverse de donde estaba—, me aseguraré de gastarme hasta el último centavo activo de los Harrelson en joyas. Todas a mi nombre, por supuesto. Así, cuando estés en bancarrota, podrás recordarme cada vez que veas uno de mis collares en alguna portada de revista.
Rowan se mordió el labio inferior, observando la escena con una mezcla de orgullo y diversión. Su boca dibujaba una sonrisa apenas contenida, y sus ojos parecían decir: eso es amor verdadero.
Aurora soltó un chillido como de rata atrapada, pero si creía que podía devolverle alguna de aquellas cachetadas a Raven, muy pronto se dio cuenta de que la muchacha prefería terminar revolcada por el jardín y con un ojo morado solo para dejarle los dos ojos morados a ella. Así que se giró sin decir ni una palabra más y subió las escaleras tambaleándose, como si cada peldaño fuera una humillación más, y un poco más de rabia que acumulaba.
Raven le enseñó el dedo del medio a la espalda de su cuñada, respiró hondo y luego se volteó hacia Rowan.
—¿Y eso? —preguntó él, levantando las cejas con un gesto coqueto.
—Nada —respondió ella con una media sonrisa—. Solo estoy calentando motores para la fiesta.
—¿Calentando motores? ¡Uff, joder, soy un suertudo! —rio él y por supuesto lo que siguió fue encerrarse juntos en sus habitaciones.
Esa noche, el silencio en el cuarto era casi absoluto, roto solo por el leve zumbido de la ventilación y la respiración tranquila de Raven, que dormía hecha un ovillo sobre el lado izquierdo de la cama. O eso parecía, porque apenas sintió que el colchón se hundía con suavidad y alguien se incorporaba, abrió los ojos de golpe.
—¿A dónde vas? —murmuró con la voz ronca, enredada aún entre los restos del sueño.
Rowan, ya medio vestido, se detuvo al borde de la cama. Tenía el cabello revuelto y la camisa colgándole desabrochada, pero sus ojos estaban despiertos, alertas.
—Tengo algunos asuntos que atender en el club —respondió con voz baja, acariciándole el brazo para calmarla—. Cosas rápidas. No te preocupes, dejo a un equipo de seguridad en la entrada, y volveré antes de que amanezca.
Raven frunció el ceño, claramente poco convencida. Se incorporó apenas y estiró los brazos hacia él.
—Rowan…
Pero su esposo se inclinó para besarla. El contacto fue cálido, prolongado. Un beso con sabor a despedida, aunque fuera temporal.
—Duerme —le susurró—. Mañana va a ser un día muy largo y te necesito atenta.
Y con eso, desapareció por una puerta lateral que ella ni sabía que existía.
Rowan llegó al Club de Reyes pasada la medianoche. El edificio, sobrio y discreto por fuera, escondía todo el poder y la historia que se habían cocinado entre esas paredes. Adentro lo esperaban Alaric, Tristan y Cedric, los tres sentados alrededor de la misma mesa de poker en la sala más privada, donde no entraban ni los rumores.
—Pensé que con todo el show no ibas a poder venir —dijo Cedric, sin levantar la vista de sus cartas.
—Yo no me pierdo nuestras noches de póker —contestó Rowan, tirando la chaqueta sobre un sillón de cuero y sentándose con ellos.
Abrieron una botella de whisky añejo, más por costumbre que por necesidad. Las fichas tintineaban sobre el tapete verde, y el ambiente estaba cargado de una tensión silenciosa, de esas que no necesitan palabras para entenderse.


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