Punto de Vista en Tercera Persona
Veintitrés años atrás.
Michele, a quien todos conocían como Shelly Montague, tenía un único deseo en la vida: ser madre. Desde hacía varios años, lo había estado intentando con su esposo, Richard, con quien llevaba cinco casada, pero cada intento terminaba en frustración. Cuando lo reconoció como su compañero destinado, creyó que la vida por fin le sonreía; pensó que aquella unión le traería la felicidad que tanto había anhelado, la vida plena que había soñado desde niña.
La mudanza a la Manada Luna Roja había sido una transición difícil para ella, pero su compañero era el Delta y había crecido en ese territorio, de modo que permanecer en su antigua manada, aún dentro de los dominios Landry, no era una opción. Sin embargo, Shelly añoraba la calidez de su gente, las costumbres que había dejado atrás y la sensación de pertenencia que ese nuevo entorno todavía no le ofrecía.
No era que la Manada Luna Roja le resultara desagradable, pero la integración había sido difícil, ya que las mujeres del lugar formaban grupos cerrados, casi inaccesibles. Entre ellas destacaba un pequeño círculo de esposas adineradas que parecían vivir midiendo a los demás. Shelly, con la mejor de las intenciones, trató de acercarse, pero cada intento terminaba con la amarga certeza de no ser bienvenida.
La más temida y admirada de todas era Miranda Cash, la perfecta encarnación de una abeja reina. Presumida, altiva y condescendiente, representaba todo lo que Shelly detestaba… y aun así, buscaba acercarse a ella. Ser aceptada por la compañera del Beta podía abrirle las puertas a un lugar estable dentro de la vida social de la manada, y Shelly necesitaba sentir que pertenecía a algo.
La mayoría de esas mujeres compartían una característica: todas eran madres o estaban a punto de serlo. Cuando Shelly confesó que también deseaba tener un hijo, por fin logró ver un mínimo vestigio de simpatía. La invitaron a los desayunos, la incluyeron en las conversaciones y, con aire de superioridad, comenzaron a darle consejos sobre el embarazo y la maternidad.
Jamás se atrevió a decirles cuánto tiempo llevaba intentando concebir; la sola idea de admitirlo le producía vergüenza. A los veinticinco años, ya debía haber superado esa necesidad de agradar, pero la verdad era que le importaba demasiado lo que los demás pensaran.
No obstante, una mañana todas esas preocupaciones se desvanecieron ante una sola palabra que cambió su vida.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo al suegro de mi ex