Punto de Vista de Judy
Nan entró a la villa como si fuera suya.
Adam, nuestro mayordomo, ya estaba acostumbrado; apenas rodó los ojos al ver que pasaba, por lo que Nan le regaló un guiño y un saludo con la mano antes de dirigirse al salón trasero, donde Irene y yo estábamos sentadas.
La vi caminando desde la entrada hacia nosotras, y no pude evitar que una sonrisa enorme me iluminara la cara.
Nan había estado tan ocupada entre su restaurante y las tareas de la manada que casi no podía verla, así que me alegró muchísimo que Chester estuviera cubriéndola en el trabajo y que por fin pudiera darse un respiro.
Al llegar, levantó una bolsa en el aire.
—Hice muffins —anunció—. Pensé que a ustedes les gustarían.
Los dejó sobre la mesa de centro y sonreí agradecida; sus muffins eran increíbles, ya estaba lista para devorar uno.
—Gracias —le dije con una amplia sonrisa—. Me alegra que pudieras venir con tan poca anticipación.
Nan bufó mientras se dejaba caer en el sofá junto a Irene.
—Por favor, prácticamente le dije a Chester que necesitaba una noche de chicas y ni se inmutó. Me dijo que me divirtiera, que él se encargaba de todo —comentó con una sonrisa ladina—. Lo cual casi garantiza que mañana habrá un desastre... pero qué más da.
Las tres nos reímos, aunque Irene lo hizo de forma apagada, como si solo quisiera complacer. No le llegaba a los ojos; era dolorosamente evidente que estaba fingiendo.
Odiaba verla así; su mente debía estar hecha pedazos. Tenía ojeras marcadas, estaba pálida, con su cabello despeinado, llevaba unos pantalones y una sudadera que no eran suyos. De hecho, le quedaban enormes y tenían el olor de Chester impregnado.
Si Erik llegaba a oler eso, quedaría destrozado. Y no quería eso para ninguno de los dos, tampoco quería ver a Irene aferrándose a alguien que no la valoraba.
—Dios santo, Irene —dijo Nan, frunciendo el ceño—. Pareces un zombi. ¿Te peleaste con la almohada o qué?
—Supongo que he estado mejor —respondió ella, pasándose la mano por su maraña de cabello—. Y bueno... estoy de duelo, ¿recuerdas?
—Pues no ayuda que traigas puesta la sudadera de Chester —soltó Nan, cruzándose de brazos. Así que ella también lo había notado, menos mal que no era solo yo—. ¿Cómo esperas superarlo si vas envuelta en su olor?



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