Punto de vista de Judy
—Directo al grano... —rio Levi—. Siempre me ha gustaba tu forma de ser, Srta. Montague.
Sentí un nudo en el estómago, pero no dejé que se notara.
—No estoy aquí para perder el tiempo —respondí—. Quiero saber qué pasó con Megan Churchill. Sé que sigue viva, aunque oficialmente figure como desaparecida. Y sé que tú la visitaste en el hospital.
La sonrisa de Levi se fue apagando poco a poco, eso por si solo me dijo que estaba en lo correcto.
Se recostó en la silla, las cadenas de sus muñecas chocaron suavemente contra la mesa metálica. Me observó con calma, como quien evalúa una jugada antes de mover una pieza.
—Tienes buen ojo —murmuró—. Mejor del que recordaba.
—No intentes cambiar el tema —le corté—. No quiero alargar esto.
No me gustaba especialmente hablar con el hombre que me había utilizado y traicionado y quería que esa conversación terminara lo más pronto posible.
Rodó los ojos, claramente fastidiado. —Está bien. Sí, fui a verla, varias veces. Cada cierto tiempo tengo que firmar un consentimiento para que siga conectada al soporte vital. Sin mi firma, los médicos la desconectarán.
El aire se me quedó atrapado en el pecho.
—¿Está con soporte vital? —pregunté—. ¿Qué le ocurrió?
—Llevaba años huyendo —respondió—. Y cuando por fin estaban a punto de atraparla, tuvo un accidente de coche en el que casi muere. Mi familia decidió mantenerla así para preservar su cuerpo.
Sentí un peso frío hundirse en el pecho.
¿Un accidente?
¿Fue antes de que entregara a Lila?
—¿Y por qué ocultarla durante tantos años sin decirle a nadie? —pregunté—. ¿La estaban escondiendo?
—Ella era una desgracia para nuestra familia —dijo sin rodeos—. Nunca supo obedecer, nunca supo aceptar cuál era su lugar, por eso se ganó demasiados enemigos, gente que quería verla muerta.
—Entonces no lo entiendo. Si tanto la despreciaban, ¿por qué no dejarla morir? —pregunté, moviendo la cabeza para asimilar la información. No tenía sentido que la mantuvieran con vida si la odiaban tanto. Claramente no querían a Meg en sus vidas.
Negó con la cabeza. —Debido a la maldición. Si no fuera por la maldición, ella habría muerto hace mucho tiempo.
Fruncí el ceño.
—¿Quieres que rompa una maldición de la que ni siquiera sé? —pregunté alzando una ceja.
—No seas tonta —respondió—. Te explicaré de qué se trata, pero a cambio... necesito que la rompas.
—Tendrás que darme tiempo para descubrir cómo romperla —le dije—. Ni siquiera sé cómo usar estos poderes mágicos.
Miré mis manos, moviendo los dedos con torpeza, como esperando una respuesta. El cosquilleo seguía ahí, la magia también y mis sentidos estaban más agudos, hasta mi loba se sentía más alerta. Controlarla era otra historia.
—Estoy seguro de que lo resolverás. Necesito tu palabra de que harás todo lo posible para romper esta maldición —dijo, mirándome a los ojos, sosteniéndome la mirada—. Necesito poder confiar en ti con esto.
Lo miré fijamente un momento antes de asentir.
—Tienes mi palabra —le dije. No entendía cómo sabía que hablaba en serio y que no me echaría atrás, pero una expresión de satisfacción cruzó su rostro y asintió.
—Bien —dijo, soltando el aire—. Esta maldición fue lanzada sobre mi familia hace muchos años. Cuando Megan y su madre entraron en ella, coincidió con los primeros conflictos con los Blackwell. Fue poco antes de que ellos construyeran su propio imperio y abandonaran el territorio.
Hizo una breve pausa. —No quisieron someterse a ciertas reglas. Y dos Alfa Licántropos extremadamente poderosos en un mismo territorio siempre terminan siendo un problema, incluso si uno de ellos no quería tener nada que ver con la política de la manada, tenía la opción de ser el líder y tomar su propio territorio porque era muy poderoso, pero lo rechazó.

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