Daisy no podía evitar sentirse confundida.
¿De verdad él no la había bloqueado?
¿Qué estaba pasando aquí?
Apenas empezaba a darle vueltas al asunto, Oliver le envió un mensaje.
[¿Qué necesitas?]
La respuesta llegó tan rápido que dejó a Daisy un poco descolocada.
Sin embargo, no tardó mucho en recuperar la compostura y escribió su mensaje.
[Tengo un favor que pedirte, presidente Aguilar.]
Oliver le respondió:
[Ya sabes cómo soy. Si quieres que te ayude, tendrás que dar algo a cambio. No soy ningún santo.]
Por dentro, Daisy ya había destrozado a Oliver mil veces antes de contestarle:
[¿Cuál es tu condición?]
Si se atrevía a pedirle algo fuera de lugar, pensaba hacer una captura y mandársela directo a Vanesa.
[Quiero pastel.]
¿Eso era todo lo que pedía?
¡Qué raro!
Como si estuviera seguro de que ella aceptaría, Oliver volvió a mandar un mensaje.
[Esta vez quiero que lo hagas tú, no me vayas a salir con que lo compraste, como la vez pasada.]
Daisy se quedó sin palabras.
¿En serio podía notar la diferencia?
Ni modo, esta vez no podría hacer trampa.
Le pidió a Oliver la dirección para llevárselo en cuanto estuviera listo.
Oliver le mandó su ubicación.
Cuando Daisy la vio, no pudo evitar sorprenderse: era el mismo hotel de la vez anterior, incluso el número de habitación era igual.
Probablemente no quería que Vanesa se enterara y se pusiera celosa, por eso prefería encontrarse allí.
Daisy preparó un pastel sencillo.
Él solo pidió que lo preparara ella, no que lo hiciera perfecto ni con todos los lujos.
Mientras se viera decente, estaba bien.
Después del trabajo, Daisy fue directo al hotel. Oliver ya la estaba esperando.
Apenas tocó la puerta, se abrió casi de inmediato.
Oliver acababa de bañarse y solo llevaba puesta una bata.
El escote caía flojo, dejando ver parte de su pecho y los músculos bien definidos.
Daisy apartó la mirada con indiferencia y le extendió el pastel.

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