Al final, lograron ubicar el cuarto de hospital de Vanesa.
Después, abrió Twitter con una cuenta alterna y fue directo al tema de los fuegos artificiales, dejando un mensaje: [Sé dónde está la persona que organizó el evento de fuegos artificiales.]
¿Pensó que podía esconderse y quedarse tranquila?
¡Eso ni pensarlo!
...
Dentro del cuarto, Vanesa no podía ocultar su desánimo. Se sentía aplastada por todo aquello. No entendía cómo algo tan sencillo como lanzar unos fuegos artificiales había causado semejante escándalo en redes.
Tampoco lograba comprender por qué, después de que la cosa se hiciera viral, la bola de nieve se volvió tan peligrosa. Las consecuencias habían sido muchas y cada vez más graves.
Por si fuera poco, le llegó el rumor de que los accionistas de Grupo Prestige presionaban con fuerza. Aunque Oliver no le dijo nada, ella ya lo sabía. El asunto era cada vez más pesado.
Benjamín Castillo la llamó varias veces, pero Vanesa ni siquiera levantó el celular, dejándolo sonar hasta que la llamada se cortó sola.
Luego Benjamín le mandó mensajes preguntando cómo estaba, pero tampoco recibió respuesta.
...
—Ya, deja de castigarte así. Ahora lo que importa es saber si Oli va a cancelar el compromiso o no —le aconsejó Azucena Galván—. Acabo de llamar a Oli, debe estar por llegar. Ponte bien, anímate.
Apenas Vanesa asintió, Oliver apareció en la puerta.
—¿Cómo sigues? —preguntó en cuanto entró, preocupado por Vanesa.
Ella negó con la cabeza, intentando restar importancia.
Azucena, desde un costado, soltó un suspiro.
—Ya tienes cuarenta grados de fiebre y dices que estás bien. Menos mal que me di cuenta a tiempo. Esta niña, Oli, no quería que te avisara porque dice que ya andas saturado de problemas, que no quería echarte más cargas.
—Mamá, ya... —Vanesa no quería que Azucena siguiera, sabiendo que Oliver llevaba días al borde del colapso.
Oliver le acercó un ramo de flores.
—Estas flores te las manda Fernando Vargas. Él tuvo que salir de viaje por trabajo, por eso no pudo venir en persona.
Vanesa ni volteó a ver el ramo. Su cara se endureció.
—Entonces, dile que gracias de mi parte.
Desde que todo estalló, habían pasado más de treinta horas. En todo ese tiempo, Fernando ni un solo mensaje, ni una llamada. Ni siquiera para preguntar si estaba bien.

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