Aunque Azucena intentaba calmarse, por dentro seguía hecha un manojo de nervios.
El asunto era que Mario ya estaba redactando su testamento, y eso traía demasiadas incógnitas.
Aunque Oliver había dicho claramente que seguiría con su compromiso con Vanesa, nadie podía asegurar que los planes no cambiaran de un momento a otro.
Por si las dudas, aprovechó que Vanesa estaba descansando para salir y marcar un número desde afuera.
—¿Piensas hacerte cargo de este asunto o no?
—Al final, ella también es tu hija.
—Y otra cosa, hay una tal Daisy que siempre anda poniéndole el pie a Vane. No que ella está con ese proyecto de remodelación del puerto en el gobierno? Haz lo que puedas para ponerle trabas, no dejes que le vaya tan fácil.
...
Daisy acababa de salir de una junta cuando Miguel entró a su oficina para reportar.
—El señor Ibáñez, del Instituto Quirúrgico Valle Verde, volvió a venir.
Daisy lo miró de reojo, sin mucho interés.
Miguel se apresuró a aclarar:
—Ya lo despaché.
Daisy apartó la mirada y volvió a concentrarse en su computadora.
—¿Tú qué dices? ¿Cuánto crees que aguante esta vez?
—Ni idea —respondió Daisy sin despegar la vista de la pantalla—. No tengo tiempo para adivinar cosas tan inútiles.
A Miguel le picaba la curiosidad.
—Yo digo que, máximo, tres veces más.
Daisy seguía tecleando, sin levantar la cabeza.
—No lo creo.
La situación del Instituto Quirúrgico Valle Verde no era nada alentadora.
Todo dependía de si Luis tenía o no un poco de conciencia.
Miguel apenas había salido cinco minutos cuando regresó apurado.
—Daisy, vino el presidente Castillo de Grupo Imperial.
Daisy dejó de escribir, y su ceño se frunció levemente.
—¿Y a qué viene?
—Que quiere platicar sobre una posible colaboración —repitió Miguel el mensaje tal cual.
Daisy no pudo evitar sorprenderse con esa respuesta.
Antes, ella y Benjamín habían tenido varias oportunidades para asociarse, pero él siempre las había rechazado con elegancia.
¿Ahora venía buscándola para hablar de trabajo?


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