Daisy le marcó a Camila para avisarle que llegaría tarde. Le dijo que si tenía hambre, mejor se preparara algo de comer y no la esperara.
—¿Es por trabajo o por alguna reunión? —preguntó Camila, sin darle mucha importancia.
—Ninguna de las dos —respondió Daisy, dejando ver el cansancio en su voz—. Tengo que ir a ver a Oliver, el enamorado ese.
Le explicó a Camila la razón de su salida. Cuando Camila entendió la situación, no pudo evitar suspirar.
—De verdad que Oliver sí es terco… Mira que insistir en comprometerse con Vanesa justo ahora. Ni siquiera le importa que las acciones de sus empresas se estén cayendo a pedazos. Si tuviera un poco de sentido común, trataría de pasar desapercibido, aunque sea aplazar la fecha del compromiso.
—Para él, lo único que importa es que todos sepan que va a casarse con la mujer que ama —dijo Daisy, encogiéndose de hombros—. Ya le da igual todo lo demás.
Gracias a Vanesa, Daisy había descubierto que Oliver no era tan distante y calculador como parecía cuando estaba con ella.
...
Cuando Daisy llegó a casa de los Aguilar, encontró a Susana recogiendo la sala. Tenía los ojos enrojecidos, probablemente de tanto llorar.
Al ver a Daisy quiso decir algo, pero se quedó callada.
—¿Cómo está el señor Aguilar? —preguntó Daisy, preocupada, refiriéndose a Mario.
La verdad, el drama de Oliver no le importaba mucho. Si él quería arruinarse la vida por amor, era su asunto.
—Se encerró en su cuarto y no quiere hablar con nadie —respondió Susana, el rostro lleno de preocupación—. ¿Por qué no intentas hablar con él? No vaya a ser que se enferme de tanto coraje.
Daisy frunció el ceño y fue directo a buscar a Mario. Al pasar por la oficina, notó que todo estaba hecho un desastre.
Oliver estaba agachado en el suelo, recogiendo papeles y objetos tirados por todos lados.
Al escuchar los pasos, Oliver alzó la mirada hacia ella. Tenía la mirada seca, sin rastro de emoción. Apenas la sostuvo por un segundo y volvió a lo suyo, como si Daisy no existiera.
Daisy no se detuvo y siguió rumbo al cuarto de Mario.
Tocó la puerta y preguntó si podía entrar.
Después de unos segundos, Mario abrió.
—¿A estas horas y vienes para acá? —su voz sonaba algo rasposa y agotada.
—¿Está bien? —Daisy lo observó con detenimiento, buscando señales de preocupación en su expresión.
Aparte de su semblante endurecido, parecía estar bien.


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