Pero Daisy no tuvo corazón para rechazar a Susana. Al final, solo pudo asentir.
—Está bien, lo llevo al hospital.
Susana de inmediato le soltó a Oliver:
—Ándale, ve con Daisy al hospital para que te atiendan esa herida.
Esta vez, Oliver no puso objeciones y fue con Daisy.
Durante el camino al hospital, ambos se mantuvieron en silencio. Un silencio denso, como si las palabras se hubieran quedado atoradas en el aire. Oliver mantuvo la mirada en el colgante que pendía del retrovisor, un amuleto de protección que alguien había colgado ahí hace tiempo.
Pasó un buen rato antes de que él rompiera el silencio.
—¿De verdad sirve esto?
—¿Por qué? ¿Quieres uno para Vanesa?
Oliver guardó silencio, sin responder. Bajó la mirada y se perdió en sus propios pensamientos.
Al llegar al hospital, Daisy no se bajó del carro. En cambio, le indicó a Oliver que llamara a Vanesa.
—Esto le corresponde a ella —le dijo, apática—. Yo solo te traje porque me quedaba de paso. Hasta aquí llego.
Oliver, con los ojos bajos y dispersos, murmuró:
—No quiero preocuparla.
Esa frase hizo que Daisy quedara paralizada por un instante. Demasiado familiar.
Ella también lo había dicho alguna vez. Cuando apenas la habían salvado y acababa de despertar, lo primero que hizo fue pedirle a Camila que no llamara a Oliver. No quería que él se preocupara.
¿Cómo le había contestado Camila en ese entonces? Algo sobre ser una guerrera enamorada, ¿no? Daisy por fin se deshizo de ese título, y aprovechó para pasárselo a Oliver.
—Ánimo, guerrero del amor. A darlo todo.
Oliver se detuvo, sorprendido.
—¿No vas a entrar conmigo?
Daisy le echó una mirada como diciendo “ni lo sueñes”, encendió el carro y se marchó.
Oliver no entró al hospital. En vez de eso, miró la herida todavía sangrante, dejó escapar una risa sorda y fue a sentarse en una jardinera. Se frotó la frente, cansado; luego sacó un cigarro del bolsillo y lo encendió.
Nunca había sido de fumar tanto. Pero ahora sentía que las emociones lo rebasaban. No tenía a dónde ir, ni cómo sacarlas, así que solo le quedaba fumar.
Las volutas de humo salían de sus labios, envolviendo su tristeza, su rabia, sus dudas… cualquier cosa menos esperanza.
...
—¿En serio lo dejaste ahí tirado?
Apenas Daisy llegó a casa, Camila no pudo contener la curiosidad y la abordó de inmediato.


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