—¿La cena? Decide tú, lo que quieras está bien.
—Sí, en media hora como máximo habré terminado. Puedes ir llamando para reservar, así cuando lleguemos ya podremos comer sin tener que esperar.
—Ah, por cierto, sácame un documento de la caja fuerte, el que tiene la etiqueta verde. Está justo encima. Después de cenar, se lo llevamos de paso al señor Gómez.
Daisy, que estaba escribiendo, se detuvo por una fracción de segundo.
Le sorprendió que Vanesa supiera incluso la contraseña de la caja fuerte de Oliver.
Pero enseguida pensó que estaba exagerando.
¿Cuándo le había ocultado algo Oliver a Vanesa?
Era lo normal.
Cuando Oliver terminó la llamada, Daisy ya había terminado de revisar la propuesta final y se la envió para que le diera el visto bueno.
Oliver la leyó y, al no tener objeciones, la firmó de inmediato.
Al terminar, Oliver preguntó por cortesía:
—Justo es la hora de la cena, ¿le gustaría acompañarnos, presidenta Ayala?
Daisy, también por cortesía, le respondió:
—No, gracias. No me interesa hacer de mal tercio. Que disfruten su cena.
El grupo acababa de salir de la sala de reuniones cuando llegó Vanesa.
Era evidente que venía a buscar a Oliver.
Al ver a Daisy, le lanzó una mirada fría y luego entró con paso altivo en la sala.
Inmediatamente, se escuchó la voz mimosa de Vanesa desde adentro.
—Oli, ya pedí la comida. Vamos juntos.
—De acuerdo.
En cuanto Daisy subió al carro, llamó a Pablo Castaño.
—¿Dónde estás?
—Voy de regreso a San Martín. Tengo algo importante que decirte.
—Es sobre la adquisición de PixelArtes Studios.
Ramón, acorralado, no tenía más remedio que vender PixelArtes Studios.
Era el momento perfecto para comprar, por eso llamó a Pablo de inmediato.


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