Había un charco de sangre en el suelo. Y, en medio de él, yacía una persona. Una mujer.
A Gael se le abrieron los ojos de par en par, el corazón se le subió a la garganta. Tragó saliva, contuvo la respiración y se acercó.
Cuando vio ese rostro tan conocido, sintió que todos sus nervios se rompían de golpe.
Como si el mundo se le viniera abajo.
Se lanzó de rodillas en el charco de sangre, tan alterado que apenas podía emitir algún sonido.
—¡Tania!
Tania seguía usando su camisa, pero ahora la tela estaba empapada de sangre.
Ella tenía los ojos cerrados, recostada en el charco, sin responderle.
Tampoco era como antes, cuando apenas lo veía y sus ojos brillaban, sonreía sin vergüenza y corría tras él llamándolo: —Gael.
Gael respiraba entrecortado, le temblaban las manos mientras las acercaba al rostro de Tania, buscando si aún respiraba.
No sentía nada. Ni un suspiro. Gael estaba a punto de perder la cabeza.
Empezó a hacerle reanimación, a darle respiración boca a boca, una y otra vez, mientras gritaba su nombre:
—¡Tania! ¡Tania! ¡Tania!
Tania no le respondía. Y Gael ya no sabía qué hacer.
La abrazó con desesperación, como si fuera un niño perdido, llorando, suplicando y amenazando al mismo tiempo:
—¡Tania, despierta! ¿Me oyes? ¡Despierta! Si no abres los ojos, me voy a enojar. ¡De verdad me voy a enojar!
Pero Tania se le escurría entre los brazos, floja como un trapo, sin vida, sin poder darle ningún consuelo.
Gael lloraba, lloraba como un niño asustado, impotente.
Entre sollozos, lleno de rabia y dolor, murmuró:
—Tú... tú dijiste que me querías, que nunca me ibas a dejar, que te quedarías siempre conmigo. ¡Mentira! ¡Mentirosa!
El eco de su llanto se perdió en la nave vacía, hasta que de pronto, se escuchó la risa burlona de Cauto.
—Gael, ¿estás enfermo o qué? ¿No que no la querías? ¿Para qué lloras entonces? Pareces viudo.

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