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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 2209

Se sentía mal, muy mal, ¡terriblemente mal!

Tan mal que sentía que ya no podía resistirlo, que iba a romperse por dentro.

Toda su vida había crecido entre el dolor, pensaba que ya conocía de sobra lo que era sufrir. Creía que el dolor ya no podía sorprenderlo, que su corazón se había endurecido, que ya nada podía lastimarlo.

Pero en ese momento, el dolor le apretaba tanto el pecho que apenas podía respirar.

Su suerte nunca había sido buena, desde pequeño había probado el lado amargo de la vida una y otra vez. Pensaba que ya lo había vivido todo, que cada vez que sus pesadillas lo visitaban, era el peor momento posible.

Pero ahora, por fin entendía lo que era un dolor tan profundo que te parte el alma, que te hace rogar por no seguir viviendo.

Tania era su luz, la única calidez que tenía en el corazón, el amor que siempre había tratado de cuidar con todo el alma.

¿Cómo podía ser posible que ella muriera?

Él no quería que Tania muriera. Quería que viviera, que viviera sana, feliz, sin preocupaciones.

Nunca la había despreciado, nunca le había sido indiferente, nunca la había tratado como si no importara.

¡Él la quería!

Solo que nunca se atrevió a decírselo.

Tenía miedo...

La gente de fuera decía que él era frío y sin sentimientos, que por sus venas sólo corría hielo.

Pero no, él sabía que su sangre era caliente.

Decían también que él no le temía a nada ni a nadie, que nada en este mundo podía asustarlo.

Pero estaban equivocados. Él también tenía miedos, también había cosas y personas que le asustaban.

La familia Redón parecía cargada con una maldición. Sus abuelos, sus padres, sus padres adoptivos... todos habían muerto de forma trágica. Las mujeres que se casaban con un Redón nunca tenían un buen final.

Él temía que Tania, por estar con él, acabara igual que su madre, su abuela, su madre adoptiva... muriendo de la peor manera.

Por eso intentaba reprimir sus sentimientos, por eso la alejaba, la empujaba fuera de su vida.

¿Acaso no deseaba ser feliz?

¿No quería ser amado?

¡Claro que sí!

Pero sentía que no lo merecía, que no tenía derecho.

Pero lo que sentía por Tania era real...

Gael abrazaba a Tania con todas sus fuerzas, llorando como nunca, con un llanto tan desgarrador que todo su cuerpo temblaba.

Dicen que los hombres no lloran, que las lágrimas no son para ellos. Pero cuando el dolor es tan grande, ni el más duro, ni el famoso crack Gael, podía contenerse.

En ese instante, era como si toda la armadura de frío que siempre lo protegía se hubiera caído.

Ya no era el chico frío y distante que todos admiraban. Era solo un muchacho más, como cualquier otro, perdido y deshecho porque había perdido a su gran amor.

Lloraba, impotente, como un niño, por la mujer que más quería.

Afuera del viejo almacén, la lluvia seguía cayendo con fuerza, como si el cielo también llorara por ellos, como si el mismo destino se compadeciera y les dedicara sus lágrimas.

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