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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 2397

Carol se frotó los ojos y soltó un bostezo enorme. Era imposible no estar cansada; cuando uno tenía quince años, pasarse la noche en vela no era nada, pero a su edad, una desvelada de esas la dejaba molida.

—Tengo sueño… y la verdad, también un poquito de hambre —admitió.

—Entonces vamos a comer algo primero. Después de desayunar, nos vamos a casa y dormimos un rato, ¿te parece? —le propuso Aspen.

Carol sabía que en casa seguro alguien ya había preparado desayuno para los niños y que se iban a encargar de llevarlos a la escuela, así que no se preocupó y asintió.

—¡Va! —respondió con una sonrisa cansada.

Se despidieron de Nathan y salieron del hospital.

Durante el camino, aprovecharon para hablar sobre el estado de Sebastián.

Carol suspiró, angustiada.

—En la sangre de Sebastián hay una infección rara y avanza rapidísimo. Por ahora está estable, pero no creo que tarde mucho en empezar a tener síntomas.

Aspen frunció el ceño. De verdad quería ayudar a Sebastián, pero sentía que no tenía los medios para hacerlo.

Ya había enviado gente a la selva a buscar a un brujo especializado, pero no había habido avances. Apenas les decían que era una maldición de “gemelos ligados”, la mayoría de los brujos se echaban para atrás y decían que eso no tenía remedio.

—¿Ya le avisaste a tu abuela? —preguntó él.

—Todavía no. Ahora mismo le llamo a la montaña. Ella alguna vez me habló de maldiciones así, y aunque no es experta, sí sabe del tema. Primero veamos qué nos dice ella.

—…Está bien.

Carol tomó el celular y dejó un mensaje para su abuela en la montaña. Aspen, mientras tanto, no podía dejar de pensar en Sebastián.

Sabía que tenían que romper la maldición en el cuerpo de Sebastián antes de que Víctor llegara a Carmel. Si la maldición moría junto con Víctor, Sebastián también estaría en peligro…

Terminaron de desayunar afuera y regresaron a casa. Los niños ya se habían ido a la escuela.

Se metieron a bañar, y al poco rato, ambos se acostaron para dormir un poco y recuperar energías.

No supieron cuánto tiempo pasó, pero de repente, Carol se despertó de golpe por unos gritos furiosos.

Abrió los ojos asustada y vio a Aspen con el entrecejo fruncido, empapado en sudor, y una expresión de rabia que le endurecía el rostro.

—¡Lárgate! ¡No quiero escucharte! ¡Te dije que te largues! —gruñía Aspen, con los ojos cerrados, moviéndose inquieto sobre la cama.

Estaba claro que tenía una pesadilla.

Carol lo llamó, alarmada:

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