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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 2400

Esa noche, el barco cruzó finalmente las aguas internacionales.

Víctor por fin pudo relajarse.

Mientras estaba en el puerto de Rafe, Aspen no se había atrevido a hacerle nada; mucho menos ahora que navegaban en mar abierto. Tanto él como la octava generación del virus estaban a salvo.

Soltó un largo suspiro, apagó la luz y se preparó para dormir.

Apenas se había acostado cuando de pronto la puerta de su camarote se abrió de golpe y una silueta entró sin pedir permiso.

Víctor, alerta, sacó rápidamente la pistola que guardaba bajo la almohada y apuntó a la figura.

—¿¡Quién eres!? —exclamó en voz baja, pero firme.

El otro se quedó plantado en la puerta.

—Soy yo —respondió con voz tranquila.

Víctor quedó desconcertado por un segundo. Al instante, sus ojos se abrieron de par en par. Se apresuró a encender la luz de la lámpara.

El tipo llevaba un cubrebocas y unos lentes oscuros. No se movía, solo lo observaba desde la entrada.

Víctor lo analizó con recelo.

—¿Eres tú? —preguntó, aún dudando.

—Sí —respondió el hombre.

Víctor nunca había visto antes al hombre misterioso. Tenía sus dudas: cuando se contactaron hace treinta años, el otro ya debía ser un adulto. Ahora, con el tiempo transcurrido, tendría al menos unos cincuenta años… pero el que tenía delante parecía joven, por su forma de vestir y moverse.

¿O solo era cosa de su ropa juvenil?

Víctor lo miraba de arriba abajo, buscando alguna señal, y le hizo varias preguntas para confirmar su identidad. El hombre respondió sin titubear, con respuestas exactas.

Cuando repitieron la contraseña secreta y todo coincidió, Víctor finalmente se relajó.

Guardó el arma, le indicó que se sentara y, apresurado, se levantó para servirle un vaso de agua.

—¿Por qué no avisaste que vendrías a buscarme? —preguntó, con tono cordial.

Quiso que el otro se quitara el cubrebocas para beber, aprovechando para verle la cara, pero el hombre ni tocó el vaso.

—¿Dónde está la octava generación del virus? —preguntó, directo.

Víctor se encogió de hombros, algo incómodo.

—Te la traigo —dijo.

Fue hasta la caja fuerte, sacó un maletín y lo puso sobre la mesa, abriéndolo para mostrarle el contenido.

—Aquí tienes, esta es la octava generación —anunció.

El hombre, con unos guantes negros, tomó el frasco y lo examinó con atención.

Víctor lo observaba de reojo. No podía verle la cara, pero no podía evitar notar lo joven que se veía.

Pero ya habían verificado la contraseña. No podía haber error.

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