Moisés asintió levemente.
—No se pongan tensos, sigan en lo suyo, solo vengo a pasar el rato.-
Después de los saludos iniciales, Jerónimo se sentó a beber con Moisés, y los demás volvieron a centrar su atención en el protagonista de la noche: Patricio.
Antes de que Moisés llegara, Patricio ya se había tomado varios vasos. Con el alcohol subiéndosele a la cabeza, tenía la cara roja y los ánimos por las nubes.
—Yo, el mismísimo heredero de la familia Quintana, solo porque dejé que mi secretaria se sentara en el copiloto un momento... ¡mi esposa me quiere pedir el divorcio, mi mamá quiere obligarme a pedirle perdón y mi papá me regaña por imprudente!
Se emocionaba más mientras hablaba y, bajo los efectos del alcohol, golpeó la mesa de repente. Se levantó de su asiento y gritó a todo pulmón:
—¡A ver, díganme qué hice mal! ¿Acaso el asiento del copiloto tiene su nombre grabado? ¿Hay alguna ley que diga que nadie aparte de la esposa puede sentarse ahí?
Su tono era tan estridente que a cualquiera le daría dolor de cabeza.
Al ver la situación, Jerónimo, un tanto avergonzado, intentó calmarlo jalándolo del brazo mientras susurraba:
—Oye, hoy está Moi aquí, bájale a tu drama de borracho.
Patricio parecía no haber escuchado a Jerónimo. Giró lentamente el cuello, fijó la mirada en Moisés y preguntó arrastrando las palabras:
—Moi, tú que estás casado... ¿dejarías que alguien que no fuera tu esposa se sentara en tu asiento de copiloto?
Para ser sinceros, Xaviera nunca se había sentado en el asiento de copiloto de Moisés.
Por lo general, conducían sus propios autos.
Pero su asiento del copiloto sí había sido ocupado por otras personas.
Moisés estaba pensando en cómo responder cuando Jerónimo se interpuso ágilmente frente a él.
—Yo te respondo.
Jerónimo se aclaró la garganta y, subiendo el volumen, articuló palabra por palabra:
—Un hombre casado debe comportarse como un hombre casado. El asiento del copiloto es exclusivo de la esposa, y cualquier otra persona va directo al asiento de atrás. ¡Nada de que se marean! ¡Si se marean, que pidan un taxi!
—Te lo digo en serio, el matrimonio es un arte. No subestimes los pequeños detalles.
Alguien más a su lado asintió de acuerdo.
—Apoyo a Jero. Mi esposa siempre me dice que ese asiento es suyo. Las mujeres son más sensibles con esas cosas. Por algo tan mínimo, no cuesta nada darle la razón.
Al ver que nadie lo defendía, la furia de Patricio creció y gritó:
—¡Y ahora ella quiere el divorcio por esta tontería! ¡Y encima quiere que me disculpe y que despida a la secretaria! ¡¿Es una broma?! Yo me casé, ¡¿acaso ya ni siquiera puedo tomar mis propias decisiones?!
Viendo lo enojado que estaba, alguien intentó calmarlo:
Quién sabe qué había pisado.
Por eso, Moisés tenía tan claro el recuerdo de ese día.
¿Debía despedir a su secretario?
Pero hubo un problema urgente con un proyecto y sentarlo en el copiloto fue únicamente para facilitar la conversación sobre el trabajo en el camino.
En su momento no le dio importancia.
Había una buena razón, y Xaviera siempre era razonable; no parecía el tipo de mujer que se molestaría por algo así.
No.
El matrimonio es un arte.
Los detalles deciden el éxito o el fracaso.
Justo mientras pensaba en ello, la puerta de la sala se abrió.
Candelaria Salas, con un vestido elegante y una figura deslumbrante, entró. Su cabello caía como una cascada; bajo un maquillaje impecable, sus hermosos ojos brillaban. Agitó la mano con una dulce sonrisa.
—Buenas noches, chicos, ¿no llegué muy tarde, verdad?

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