A la mañana siguiente.
En la junta directiva del Grupo Zavala.
El celular de Alejandro sonó.
Era una llamada de Don Guillermo.
Alejandro sabía perfectamente lo que su abuelo iba a decirle en ese momento.
No contestó.
Puso el teléfono en silencio y continuó con la reunión.
Los ejecutivos cruzaron miradas nerviosas, pero nadie se atrevió a decir ni a preguntar absolutamente nada.
Jimena, en su rol de secretaria, estaba sentada a su izquierda tomando notas en la computadora portátil. Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en la comisura de sus labios.
Al terminar la junta, Jimena caminó con paso firme sobre sus tacones de aguja de regreso a la oficina de presidencia.
Alejandro levantó la mirada hacia ella y comentó: —En un par de días habrá un foro económico de gran importancia. Pregúntale a Javier si le interesa asistir.
Jimena dudó un par de segundos en responder, y Alejandro le hizo una seña a Mateo Vicario para que le entregara varias invitaciones.
—Gracias —le dijo Jimena a Mateo.
Mateo respondió con una sonrisa profesional: —No hay de qué, señorita Jiménez.
Un destello de burla cruzó por los ojos de Alejandro, quien, en un tono inusualmente relajado, bromeó: —¿No deberías darme las gracias a mí?
Jimena se acercó a él con total confianza y seducción: —¿Y cómo quieres que te lo agradezca?
Mateo salió de la oficina a toda prisa. Justo cuando la puerta se cerraba, alcanzó a ver cómo la señorita Jiménez se sentaba en el regazo del señor Zavala.
Cerró los ojos de inmediato. Mejor mirar a otro lado.
Todos en la empresa ya consideraban a Jimena como la futura dueña del imperio.
Cuando Mateo regresó al área de asistentes, un par de secretarias chismosas se le acercaron para preguntarle qué estaban haciendo el señor Zavala y la señorita Jiménez encerrados en la oficina.
Mateo no respondió a ninguna de sus insinuaciones. Simplemente soltó un frío: —El jefe dejó muy claro que cualquiera que hable de más puede ir empacando sus cosas a Recursos Humanos.
Siendo el asistente más cercano al gran jefe, sus palabras bastaron para que nadie se atreviera a abrir la boca.
Esa noche, al llegar a casa, Jimena le contó a su familia sobre el foro económico.
Javier se encogió de hombros, resignado: —Abuela, yo jamás tendré el talento de Alejandro.
—Bueno, con tu cuñado respaldándote, tu futuro está asegurado —sentenció la anciana con astucia. Sabía que mientras Jimena se casara con Alejandro, la familia Jiménez tendría el mundo a sus pies.
Víctor Jiménez ya estaba trabajando a marchas forzadas por todos los proyectos que Alejandro le había conseguido.
Todo era gracias a él.
Jimena le había contado que Alejandro incluso había expulsado al Consorcio García de un proyecto importantísimo y que ahora el Grupo Jiménez tomaría el control. Con eso, su familia daría un salto monumental y se consolidaría como una de las más poderosas de Puerto Coral.
...
Durante los siguientes días, la sala de juntas del Consorcio García estuvo envuelta en un ambiente fúnebre.
Era como si todos hubieran aceptado que la ruptura con el Grupo Zavala los llevaría inevitablemente a la ruina.
En una reunión a puerta cerrada, un directivo se atrevió a sugerir: —Señorita García, ¿por qué no intenta hablar a solas con el señor Zavala? Tal vez logre que cambie de opinión.
—Sí, señorita. Esa señorita Jiménez no le llega a los talones en belleza. Solo tiene esa fachada de 'ángel de la caridad', pero quién sabe si de verdad sea tan buena...
Lucía pasó la página del documento que estaba leyendo y sentenció con frialdad: —En esta sala solo se habla de trabajo. Si alguien vuelve a decir estupideces, le pediré que se retire.

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