La familia García siguió las instrucciones del médico al pie de la letra, y en pocos días la niña comenzó a recuperarse.
Esa tarde caía una ligera llovizna. Lucía García acababa de llegar a casa tras su jornada laboral cuando el auto de Alejandro Zavala apareció.
Ella subió al coche.
Alejandro le dijo:
—Siento haberte ignorado estos últimos días; he estado ocupado resolviendo algunos asuntos.
En el fondo, Lucía deseaba que la ignorara para siempre.
El auto los llevó de regreso a la Finca de La Luz.
Mateo Vicario pisó el freno, giró la cabeza e informó en voz baja:
—Señor Zavala, Jimena Jiménez lo está esperando en la entrada principal.
Lucía, que hasta entonces permanecía apática en brazos de Alejandro, giró de inmediato la cabeza hacia la ventana al escuchar eso, y efectivamente, vio a Jimena caminando bajo la llovizna directo hacia el vehículo.
Un pánico repentino la invadió. Se soltó de los brazos de él y se encogió en el suelo del auto.
Mateo pensó que Lucía parecía una ladrona al estar ahí agachada junto a los pies del señor Zavala.
Los ojos de Alejandro se oscurecieron un poco mientras acariciaba el cabello de Lucía. Al ver que Jimena se acercaba, bajó un tercio de la ventanilla y preguntó con indiferencia:
—¿Qué se te ofrece?
—Alejandro, necesito hablar contigo a solas —suplicó Jimena. Faltaba muy poco para que el mes acordado terminara, y ella sabía que no tenía otra oportunidad para acercarse y rogar por una segunda oportunidad.
—Habla ahora —respondió él fríamente.
—Hoy quiero pasar el día contigo.
Mateo realmente admiraba lo testaruda y reprimida que podía ser Jimena; moría por él por dentro, pero se obligaba a ocultarlo. Y ahora que el señor Zavala había puesto sus ojos en Lucía, ella venía a lamentarse.
Sabiendo que si no lo decía ahora, nunca más tendría la oportunidad, Jimena dijo con voz temblorosa:
—¿Acaso ahora te gustan las chicas más divertidas?
—¿Cómo sabes que yo no puedo serlo si no me has puesto a prueba?
Los ojos de Lucía se abrieron de par en par. A través del cristal, vio el rostro de Jimena pasando de blanco a rojo. Después de decir eso, Jimena apretó los labios con fuerza, escondiendo mil emociones a la vez.
Lucía le había mandado fotos desde la cama a Jimena en dos ocasiones, y ella actuó como si no hubiera pasado nada.
Con esa perseverancia tan grande, si ella fuera hombre y no conociera sus verdaderas mañas, probablemente hasta se sentiría conmovida.
Lucía volteó a ver a Alejandro.
Alejandro desvió la mirada hacia la ventana y dijo:
—¿Ya terminaste? Si ya terminaste, vete.
—Lleva tu auto para que no tenga que ordenar a alguien que te mande de regreso.
En ese momento, las puertas automáticas de la finca se abrieron lentamente, y el elegante auto negro ingresó a la propiedad.
Solo entonces Lucía se reincorporó, apoyando una rodilla en el asiento trasero. A través de la ventana de atrás miró a la distancia, viendo vagamente a Jimena bajo la lluvia, con los hombros temblando levemente, como si estuviera a punto de llorar.
Nunca la había visto así. Su voz temblorosa y sus ojos llenos de lágrimas contrastaban por completo con aquella mujer implacable que, en su vida pasada, la había empujado de las escaleras. Parecían dos personas distintas.
La miró embelesada. Esa actitud tan vulnerable era algo que Jimena solo le mostraba a Alejandro.
Un sentimiento de perverso placer brotó en su interior. Ver sufrir a Jimena le daba un bienestar indescriptible en cada fibra de su cuerpo.
—¿Qué tienes? —preguntó Alejandro, con su gran mano acariciándole la nuca.
Lucía giró el rostro para mirarlo. Se inclinó, apuntó a los labios de él y lo besó de forma torpe y rápida.
—Solo te estoy regresando el favor.
En su vida pasada, bajo la protección de Alejandro, a Jimena nadie le tocó ni un solo pelo y jamás sufrió ninguna humillación, mientras que ella tuvo un final trágico. En esta vida, haría que ambos pagaran caro.

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