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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 400

El coche entró al estacionamiento subterráneo y se detuvo junto a los ascensores.

Mateo Vicario cambió de auto para irse a casa, ya que el señor Zavala seguía en el coche. Aunque creyó que hoy se habían comportado de manera prudente, no se imaginó que, en el último segundo, Lucía García lo remataría de esa manera.

Mateo aceleró su auto y escapó a toda velocidad. Esos dos seguían pegados en el vehículo, y solo esperaba que no se quedaran sin oxígeno.

Al pasar junto a Jimena Jiménez, Mateo bajó la ventanilla y le dijo:

—Señorita Jiménez, es mejor que se vaya.

—El señor Zavala está muy ocupado... hoy tiene visita.

Jimena levantó la vista, sorprendida, y preguntó:

—¿Qué clase de visita? ¿Hombre o mujer? ¿Ya llegó?

Mateo nunca pensó que sus palabras desatarían tal interrogatorio; por poco revelaba la verdad. Tuvo que improvisar:

—Aún no ha llegado. Es mejor que vuelva a casa, señorita Jiménez.

Con esa respuesta, Jimena sintió miedo de exponer la realidad de su ruptura frente a los invitados del señor Zavala, por lo que empezó a dudar sobre quedarse o irse.

Mateo no quiso averiguar qué haría, aceleró y la dejó atrás.

Por otro lado, Lucía y Alejandro Zavala subieron las escaleras. Pronto, el personal les sirvió la cena de forma impecable.

Lucía dio solo un par de bocados y enseguida perdió el apetito. Cuando comía en su propia casa, lograba acabarse al menos medio plato, pero allí...

—¿No tienes hambre porque de amor también se vive? —le reprochó Alejandro, soltando su mordaz ironía—. Supongo que tendré que infundirte un poco más de energía al rato.

Lucía sintió que un espasmo le retorcía el estómago.

Ya ni siquiera se acordaba por qué lo había amado en su vida pasada.

Ahora, tan solo escucharlo hablar le resultaba fastidioso.

Y verlo a la cara le provocaba aún más nervios.

Una vez que se deshiciera del problema con Jimena, iba a mandar a volar a Alejandro sin dudarlo.

Intentó dar un par de bocados más, pero el apetito simplemente la había abandonado. Se asomó por la ventana del segundo piso y se dio cuenta de que Jimena seguía afuera, esperando.

Cuando Alejandro entró a la habitación, preguntó:

—¿Por qué no has encendido la luz?

—¡No la prendas! —le interrumpió ella rápidamente.

—Estas ventanas tienen un tratamiento especial; incluso con las luces encendidas, nadie puede ver hacia adentro —le aclaró él.

Pero la mirada de Lucía permanecía clavada hacia el exterior.

—Tu novia sigue afuera, bajo la llovizna. ¿No te da lástima? Es tan innegable lo mucho que te adora, y lo que es capaz de aguantar... Qué conmovedor...

Lucía lo sabía bien: gente como Jimena siempre lograba obtener lo que deseaba.

Riquezas, poder y estatus.

Solo era cuestión de tiempo.

La pregunta era cuánto resistiría Alejandro.

Él respondió con calma:

—Ya rompimos; ella no es mi novia.

Lucía se quedó de una pieza. Volteó a verlo con los ojos abiertos de par en par:

—¿Ya terminaron? ¿Por qué no me lo dijiste?

—¿Y si te lo hubiera dicho, qué? ¿Habrías sido más afectuosa conmigo? —Alejandro le pellizcó suavemente la mejilla, con tono perezoso—. Es más probable que te hubieras alejado aún más.

El corazón de Lucía latía a mil por hora. Presa de la curiosidad, preguntó:

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