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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 403

La noticia del fin de la relación de Alejandro Zavala cayó como un balde de agua fría sobre la familia Jiménez, asfixiando por completo el ambiente en la casa. Una nube de desgracia y preocupación los había envuelto durante días.

Jimena Jiménez se encerró a piedra y lodo en su habitación sin asomarse ni un solo momento. Con las cortinas fuertemente corridas y el cuarto inmerso en una penumbra opresiva, parecía una estatua desprovista de alma.

En la sala de estar, Víctor Jiménez estaba sentado en el sofá con el ceño fruncido a más no poder. Tenía un cigarrillo consumido hasta la mitad entre los dedos, completamente ajeno a la ceniza que caía sobre la finísima alfombra importada.

Su rostro era un poema de frustración. Sus ojos delataban una ansiedad abrumadora. El abandono que sufría Jimena no solo era un golpe sentimental; también amenazaba con pulverizar alianzas comerciales y, con ello, arrastrar al abismo a toda la familia.

Margarita de Jiménez tenía los ojos enrojecidos. Sentada a un lado, no paraba de secarse las lágrimas, con una voz entrecortada por el llanto y el cansancio: —¿Cómo fue que todo se arruinó de repente? Jimena estaba tan enamorada de él, ¿cómo va a soportar este golpe mi pobre niña?

—¿Acaso Alejandro se dejó embrujar por alguna cualquiera?

Margarita estaba destrozada por el dolor de su hija, pero al mismo tiempo la consumía la preocupación por el futuro familiar. El estrés no la dejaba ni dormir.

La matriarca de los Jiménez, apoyada en su bastón frente a los enormes ventanales, miraba el cielo gris plomizo y dejaba escapar un suspiro tras otro.

La familia siempre había apostado todo a la posición y capacidad de Alejandro, soñando con que este matrimonio solidificaría su estatus social. Ahora, ese castillo de naipes se había derrumbado.

Incluso las empleadas de la cocina caminaban de puntillas, aterrorizadas de hacer el más mínimo ruido y desatar la furia de una familia con los nervios de punta.

Cuando Tomás Torres y su familia llegaron, se toparon con ese panorama desolador: —Hermana, ¿qué te dijo Doña Leonor?

Con el rostro pálido como el de un fantasma, Margarita murmuró: —No me dijo nada.

—Mamá, deberías subir a ver a mi hermana.

Todavía ahogada en la desesperación, Margarita se dio la vuelta y subió lentamente las escaleras. Empujó la puerta y vio a Jimena recargada contra la ventana, en la penumbra.

Llena de remordimiento, Margarita habló: —Cuando te dije que Julio García te quería y te trataba como a una reina, debiste haberte quedado con él. Pero no, tenías que irte detrás de Alejandro Zavala. ¡Él es demasiado astuto, te quedó grande! Y al final te quedaste con las manos vacías. Julio era amable, un caballero, sin ese temperamento espantoso de Alejandro, ¡era mucho más fácil de manejar! Si te hubieras casado con él, hoy no tendrías ninguna preocupación. Pero míralo ahora, casado con otra mujer y esperando unos hermosos gemelos. ¿Y tú? Tú perdiste todo.

—Mírala a Elena de García. Ahora lo tiene todo: un hijo, una hija y nietos recién llegados. El Consorcio García va viento en popa, a ella le sobra el dinero y la tranquilidad. Yo aposté todo mi esfuerzo en ti, rogando porque tuvieras un matrimonio envidiable para asegurar la posición de nuestra familia. Y todo fue una ilusión. Mis sueños de toda la vida se fueron a la basura.

—¡Cállate! —gritó Jimena con el rostro deformado por la ira, empujando a Margarita con violencia—. ¿No fuiste tú la primera en decir que Julio no le llegaba a los talones a Alejandro? ¡¿De qué sirve que me reclames eso ahora?!

Tomada por sorpresa, Margarita trastabilló dos pasos hacia atrás. Quedó petrificada, mirando atónita a su hija completamente fuera de sí. El arrebato fue tan repentino que se quedó muda.

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