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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 458

Decirlo sería inútil.

...

Después de salir de la mansión de los Zavala, Lucía regresó a su empresa para trabajar.

Durante su turno, Jimena no dejó de enviarle mensajes con frases ambiguas e indirectas.

Lucía no le prestó la más mínima atención.

Al día siguiente, Alejandro la contactó.

Probablemente se había enterado por su abuelo de que ella había visitado la mansión familiar.

Por la noche, fueron a un exclusivo restaurante ubicado en un lujoso hotel; como de costumbre, él había reservado el lugar entero solo para ellos.

Mientras esperaban a que sirvieran la comida, Lucía le envió un mensaje a Jimena indicándole que llevara la corona a la dirección del hotel.

En cuanto al número de habitación...

Por el momento, ni ella misma lo sabía.

Lucía era muy consciente de que había una alta probabilidad de que Alejandro descubriera el plan casi al instante.

Pero su único objetivo era asegurarse de que Jimena entrara en la habitación. Lo que pasara después...

Francamente, no le importaba en lo absoluto.

En su vida pasada, Alejandro había sido tan despiadado que la había empujado sin piedad a los brazos de Lucas Paredes, aplastando cada gramo de su dignidad. En esta nueva vida, ¿por qué no podía ser ella quien arrojara a Jimena directamente a la cama de Alejandro?

Sabía perfectamente que Jimena era víbora y calculadora; existía una enorme posibilidad de que consiguiera lo que quería, aprovechara la situación para aferrarse de nuevo a Alejandro, y terminaran reconciliándose.

Pero incluso si volvían a estar juntos, Lucía García ya se había convertido en una espina clavada en lo más profundo de sus corazones, una que jamás podrían arrancarse.

No importa lo que sucediera, jamás volverían a tener una relación perfecta y sin sobresaltos como en su vida pasada.

...

Más allá del inmenso ventanal, las luces de la ciudad serpenteaban en una alfombra de neón, ofreciendo una vista panorámica del esplendor nocturno.

El ambiente en la mesa era sereno, y la voz de Alejandro sonó profunda y amable: —Me dijeron que ayer fuiste a visitar a mi abuelo.

Al decir esto, alzó la mirada hacia Lucía, que estaba sentada frente a él. En sus ojos se escondía una emoción casi imperceptible: —Me conmueve mucho que tengas la iniciativa de preocuparte por mi familia.

Si esto hubiera pasado en sus años universitarios, el corazón de Lucía habría estado latiendo a mil por hora, completamente embelesada por él.

Pero ahora, solo se quedó pensativa un segundo e hizo el ademán de servirle otra copa.

Fue entonces cuando Alejandro cubrió la copa con su mano y dirigió la mirada al mesero: —Que lo hagan ellos. No quiero que mi mujer me sirva en este tipo de cosas.

El mesero acató la orden de inmediato y se acercó a servir el vino.

Lucía no dijo una palabra más. Durante la cena, fue prácticamente él quien monopolizó la conversación.

Lucía se quedó allí sentada, escuchándolo en silencio, pero su corazón era un terreno baldío. De no haber cargado con las cicatrices del pasado tan marcadas a fuego en su memoria, probablemente se habría dejado engañar por esa faceta amable y habría vivido feliz y sin preocupaciones.

Sin embargo, había renacido.

Y, por supuesto, jamás olvidaría que Alejandro Zavala sería su enemigo por el resto de su vida.

Al terminar de cenar, Alejandro tomó con naturalidad el chal que descansaba en el respaldo de la silla, se inclinó para ponérselo sobre los hombros y le ajustó los bordes con delicadeza.

—Te llevo a casa.

Con la mirada baja, los dedos de Lucía acariciaron inconscientemente el suave borde del chal: —Hoy peleé con mi familia, no quiero volver.

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