Alejandro la miró con expresión pensativa: —¿Tú también te peleas con tu familia?
Las largas pestañas de Lucía bajaron pesadamente y solo asintió con un murmullo.
Alejandro no le dio más vueltas al asunto y le ordenó al personal que reservara la suite presidencial.
Cuando ambos entraron y la puerta se cerró con seguro, él clavó su mirada oscura sobre ella, su voz sonando ronca: —Supongo que hoy no es uno de esos días en los que vas a poner a prueba mi paciencia, ¿verdad?
Lucía negó con la cabeza.
Una sutil sonrisa inundó los ojos de Alejandro mientras se inclinaba para besar sus labios.
Lucía apartó el rostro apresuradamente, con las orejas teñidas de un leve tono rojizo: —Ve a bañarte primero.
—Mmm. —El hombre respondió con un tono ligero y se metió al baño.
Ese día Lucía estaba siendo demasiado dócil.
Pero no era la primera vez que ella mostraba cambios de humor tan drásticos; era algo a lo que ya estaba acostumbrado. Por eso, no sospechó absolutamente nada.
Alejandro ya había asimilado su constante inestabilidad.
Poco después de que él entrara, Lucía le envió un mensaje a Jimena indicándole el número de la habitación.
Mientras Alejandro seguía en la ducha, Jimena entró.
Al ver que Jimena solo llevaba una pequeña bolsa donde evidentemente no cabía la corona, el rostro de Lucía se ensombreció y exigió: —¿Dónde está mi corona?
Desde el primer segundo, Jimena se puso manos a la obra. Rápidamente encendió un incienso afrodisíaco y, quejándose del calor, se quitó el abrigo. Estaba tan ocupada preparándolo todo que ni siquiera le prestó atención a Lucía.
—¿Dónde están mis cosas? —repitió Lucía.
Jimena se quitó el abrigo de lana para revelar un camisón de tirantes que apenas le llegaba al muslo, exponiendo unas piernas hermosas.
Sabiendo muy bien lo que estaba a punto de suceder, el rostro de Jimena lucía mucho más ruborizado de lo habitual y sus labios parecían más llenos.
A Lucía solo le provocó náuseas y apartó la mirada: —¡Dame mis cosas ya mismo! O te largas de aquí en este preciso instante.
Fue entonces cuando Jimena se dignó a mirarla: —Tus cosas están en la recepción. Ve a buscarlas tú misma.
En ese momento, el denso y dulzón aroma del incienso comenzó a llenar la habitación, y Lucía se cubrió la nariz: —¿No decías que estabas tan segura de ti misma? Y todavía tienes que recurrir a estas porquerías.

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