—Ya que están despiertas, desayunen y tómate la medicina —ordenó Alejandro, barriendo a ambas con una mirada gélida antes de salir de la habitación.
Para cuando Lucía bajó a desayunar, Julio ya se había marchado y Alejandro había salido a trabajar.
Lucía respiró aliviada.
Comió un poco de avena, tomó su pastilla y usó el teléfono de Noel para llamar a su familia y avisar que estaba a salvo.
Naturalmente, se ganó un buen regaño de Julio.
Al escucharlo, Noel no pudo evitar sonreír.
Tras colgar, Noel comentó: —Tu auto fue pérdida total, así que el Sr. Zavala reclamó el dinero. ¿Costó más de sesenta millones en su momento, no? Pues le exigió exactamente esa cantidad a la familia Jiménez y los desterró a Villa Serena.
Lucía sintió que la espalda se le ponía rígida. Su gran deseo por fin se había cumplido.
Lo que no logró en su vida pasada, lo había conseguido ahora.
Pero Alejandro había destruido su corona, y eso era algo que jamás le perdonaría.
Lucía preguntó: —Me imagino que los Jiménez deben estar desesperados por dinero ahora, ¿verdad?
—Seguramente.
—Qué maravilla —sonrió Lucía con dulzura.
...
Esa misma noche, la familia Jiménez llegó a Villa Serena y se alojó temporalmente en un hotel.
Como años atrás dieron por sentado que jamás volverían, habían vendido su antigua casa y ahora no tenían a dónde ir.
Por suerte, Javier Jiménez vivía en los dormitorios de la universidad.
Con Javier en el campus, el resto de la familia apenas pudo pagar dos habitaciones para pasar la noche. Doña Beatriz Jiménez no paraba de suspirar y lamentarse de cómo su vida perfecta se había desmoronado.
Por haber dañado deliberadamente el auto de lujo de Lucía, Jimena fue condenada a pagar más de sesenta millones de pesos. Al no tener liquidez, no le quedó otra opción que vender sus propios vehículos para cubrir la deuda. La casa en Puerto Coral era una propiedad exclusiva que habían comprado hace años, vaciando sus ahorros y asumiendo una hipoteca asfixiante.

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