El responsable de la conmoción era Alejandro Zavala.
Había llegado sin acompañante.
—Ahí está tu hombre... —comentó Isabel al verlo.
Lucía la fulminó con la mirada.
Isabel se rió entre dientes.
—Yo digo que si vas a tener un esposo, que al menos sea así de guapo. Despertar viendo esa cara todos los días no estaría mal; ya deberías dar tu brazo a torcer.
En ese instante, Alejandro notó la presencia de Lucía y empezó a caminar hacia ella. Afortunadamente, no dio ni tres pasos antes de ser interceptado por varios invitados deseosos de adularlo; la multitud a su alrededor creció rápidamente.
Incluso Salvador Montero se acercó a saludarlo.
—Me voy. Tengo que viajar al extranjero por un tiempo, te llamo cuando regrese —se despidió Lucía a toda prisa y salió huyendo.
Para cuando Alejandro logró abrirse paso, Lucía ya se había esfumado.
Solo quedaba Isabel en aquel rincón.
Alejandro logró zafarse del enjambre humano, pero la joven ya no estaba a la vista.
El señor Valencia, percatándose de que Alejandro le había prestado atención a la señorita Luna, miró calculadoramente a ambos y decidió acercarse a ella por iniciativa propia.
—Señorita Luna, ese proyecto residencial que me mencionó hace un momento... me interesa bastante.
Isabel pensó: «Hace cinco minutos me dijiste otra cosa», pero el cambio de actitud del señor Valencia la llenó de entusiasmo. Sacó de inmediato su tableta para mostrarle lo conveniente que sería adquirir esos edificios como viviendas para los empleados de su empresa.
Cuando Salvador y Leticia se acercaron a saludar a Alejandro, no vieron rastro de Lucía.
Para ese entonces, ella ya estaba sentada en el asiento trasero del auto del Mayordomo Pinos.
—¡Don Pinos, arranque, rápido!
Lucía lo urgió nerviosamente y solo respiró aliviada cuando el vehículo dejó atrás el hotel.
—Señorita, ¿tan aburrida estaba la fiesta? —preguntó el mayordomo, sorprendido de que no hubiera durado ni media hora adentro.
Lucía miró por la ventanilla hacia la calle oscura.
—Aburrida es poco, estaba llena de gente irritante.
—Tengo asuntos de trabajo allá —respondió ella con calma.
A raíz de la compra del terreno, Julio se había enterado de que ella poseía una empresa de inversiones en el extranjero; incluso se lo había comentado a su madre en privado.
Solo Lucía conocía el verdadero motivo. Se acercaba inexorablemente a la fecha de su muerte en la vida pasada, y una vez que ese momento crítico quedara atrás, sus premoniciones desaparecerían para siempre. Quería aprovechar los destellos que le quedaban para amasar una buena fortuna.
Lucía pasó medio mes en el extranjero sin volver a Puerto Coral.
Y durante su ausencia, un escándalo sacudió la ciudad. Daniela había esparcido en internet el rumor de que Lucía era una rompehogares, y la policía cibernética terminó arrestándola.
Un día, cuando Julio fue a la cafetería de la empresa, vio a varios empleados murmurando entre sí.
—¿Vieron la publicación de ayer? Decía que el señor Zavala había sido demasiado cruel con Jimena y que la señorita Lucía era su amante... que ella se interpuso cuando él y Jimena todavía no habían terminado.
—Sí, lo leí. La acusaban de usar tácticas sucias para trepar, y lo contaban con tanto detalle que mucha gente ingenua se lo creyó.
—Al final descubrieron que la autora fue Daniela Torres, la prima de Jimena.
—Yo la recuerdo, una vez vino aquí a las oficinas buscando a la señorita Lucía. Se portaba con una arrogancia insoportable.
—Después filtraron en los comentarios que a Daniela la habían expulsado de la universidad por problemas psiquiátricos.

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