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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 474

Una de las empleadas suspiró con pesadumbre:

—Desde la vez que vino a insultar a la señorita Lucía en nuestra propia oficina, me pareció un despropósito. La señorita Lucía es tan amable, discreta y dulce con todos; no puedo creer que alguien le inventara chismes tan asquerosos para manchar su nombre.

—Menos mal que ella estaba de viaje; de lo contrario, habría sufrido muchísimo.

Otra persona comentó con asombro:

—¡Esa tal Daniela no tiene vergüenza! Inventar una difamación tan grave sin una sola prueba.

—Pues ahora sí que se hundió por completo. Resulta que no solo le cerraron la cuenta o la obligaron a disculparse, sino que la demandaron penalmente. ¡Las pruebas de difamación fueron tan contundentes que ya está en la cárcel!

Al escuchar aquello, todos ahogaron un grito de asombro.

—¡Dios mío! Bueno, cosechó lo que sembró.

Las voces en el área de descanso se fueron apagando. Julio escuchó los detalles sin intervenir y se alejó en silencio.

Comprendió al instante que había sido Alejandro Zavala; él había actuado con puño de hierro para proteger a Lucía, aplastando cualquier rumor malintencionado en su contra.

Medio mes después, Lucía regresó a Puerto Coral. Apenas bajó del avión, sintió que la temperatura en la ciudad había descendido drásticamente.

Cuando el auto se detuvo frente a su casa, se apeó sosteniendo su pequeña maleta. Doña Juana salió a su encuentro de inmediato y se la quitó de las manos.

—Muchas gracias —agradeció Lucía con suavidad.

—No es nada, señorita Lucía, es mi deber —sonrió la ayudante de cocina.

Una vez instalada, Lucía fue a saludar a su madre y se dedicó un buen rato a jugar con sus sobrinos.

Poco después, Julio llegó y fue a buscarla con una propuesta.

—Ya que regresaste, mañana cenemos con Alejandro Zavala. Hace poco tuvimos un problema legal en la empresa y, gracias a su intervención, logramos resolverlo.

Lucía ni lo pensó para responder:

—No quiero ir.

—Será muy incómodo si solo somos él y yo, ¿qué se supone que hagamos, mirarnos fijamente toda la noche? —se quejó Julio.

Lucía negó con la cabeza, buscando una excusa:

—Mañana ya quedé de verme con Isabel.

—¡Perfecto! Pues dile a ella, a Diego Paredes y a quien quieras. Mientras más seamos, mejor ambiente habrá.

—De verdad, Julio, no quiero ir —insistió Lucía, visiblemente contrariada.

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