Una de las empleadas suspiró con pesadumbre:
—Desde la vez que vino a insultar a la señorita Lucía en nuestra propia oficina, me pareció un despropósito. La señorita Lucía es tan amable, discreta y dulce con todos; no puedo creer que alguien le inventara chismes tan asquerosos para manchar su nombre.
—Menos mal que ella estaba de viaje; de lo contrario, habría sufrido muchísimo.
Otra persona comentó con asombro:
—¡Esa tal Daniela no tiene vergüenza! Inventar una difamación tan grave sin una sola prueba.
—Pues ahora sí que se hundió por completo. Resulta que no solo le cerraron la cuenta o la obligaron a disculparse, sino que la demandaron penalmente. ¡Las pruebas de difamación fueron tan contundentes que ya está en la cárcel!
Al escuchar aquello, todos ahogaron un grito de asombro.
—¡Dios mío! Bueno, cosechó lo que sembró.
Las voces en el área de descanso se fueron apagando. Julio escuchó los detalles sin intervenir y se alejó en silencio.
Comprendió al instante que había sido Alejandro Zavala; él había actuado con puño de hierro para proteger a Lucía, aplastando cualquier rumor malintencionado en su contra.
Medio mes después, Lucía regresó a Puerto Coral. Apenas bajó del avión, sintió que la temperatura en la ciudad había descendido drásticamente.
Cuando el auto se detuvo frente a su casa, se apeó sosteniendo su pequeña maleta. Doña Juana salió a su encuentro de inmediato y se la quitó de las manos.
—Muchas gracias —agradeció Lucía con suavidad.
—No es nada, señorita Lucía, es mi deber —sonrió la ayudante de cocina.
Una vez instalada, Lucía fue a saludar a su madre y se dedicó un buen rato a jugar con sus sobrinos.
Poco después, Julio llegó y fue a buscarla con una propuesta.
—Ya que regresaste, mañana cenemos con Alejandro Zavala. Hace poco tuvimos un problema legal en la empresa y, gracias a su intervención, logramos resolverlo.
Lucía ni lo pensó para responder:
—No quiero ir.
—Será muy incómodo si solo somos él y yo, ¿qué se supone que hagamos, mirarnos fijamente toda la noche? —se quejó Julio.
Lucía negó con la cabeza, buscando una excusa:
—Mañana ya quedé de verme con Isabel.
—¡Perfecto! Pues dile a ella, a Diego Paredes y a quien quieras. Mientras más seamos, mejor ambiente habrá.
—De verdad, Julio, no quiero ir —insistió Lucía, visiblemente contrariada.
Lucía solo quería sacarla de allí cuanto antes.
Sin embargo, Isabel, atrapada en su melancolía, empezó a llorar, quejándose de la crisis de la inmobiliaria familiar.
Sus padres, le dijo, no paraban de recriminarle su falta de capacidad por ser mujer, repitiéndole que ojalá hubiera nacido niño. Furiosa por esos comentarios, había tenido una discusión a gritos con ellos.
Al final, en todas las familias se cuecen habas.
—Lucía, por favor, ya cásate con Alejandro Zavala para que tu esposo ayude a mi familia...
—Estás borracha —le dijo Lucía, apoyándola para salir del bar.
En realidad, si Isabel se desentendiera de su familia, las ganancias de las tres telenovelas en las que invirtió le sobrarían para vivir rodeada de lujos el resto de su vida.
Justo cuando estaban por cruzar la puerta, Lucía sintió que una mirada extrañamente familiar se posaba sobre ella.
Al alzar la vista, distinguió a un grupo de maleantes a pocos metros de distancia.
Su semblante cambió de inmediato; bajó la cabeza, cubrió a Isabel y se apresuró a salir del lugar.
La llevó directo a su casa sin perder un segundo.

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