Los ojos de Alejandro Zavala eran dos abismos de total oscuridad:
—Ven conmigo, este no es lugar para hablar.
Lucía miró a su alrededor con aprensión; en el fondo, temía que esa banda de maleantes regresara. Si estando en la relativa seguridad de aquel restaurante sentía pavor, era señal inequívoca del inminente peligro en el que se encontraba aquel policía.
Tenía el corazón en la garganta.
Con la muñeca apresada firmemente, no tuvo más remedio que seguirlo a regañadientes.
Una vez dentro del auto, Lucía apoyó la frente contra el frío cristal de la ventana. Alejandro mantuvo un pesado silencio durante todo el trayecto.
Al llegar a la Finca de La Luz, la condujo hasta la recámara principal y le tendió ropa limpia:
—No te irás esta noche.
—¿Por qué?
El aura de Alejandro se volvió aún más amenazante.
—Lloraste. Y si lloras y no dormimos en la misma cama, tengo pesadillas.
Lucía lo miró boquiabierta; era la primera vez que él le salía con semejante excusa.
—Báñate y vete a dormir —sentenció, y tras cerrar la puerta tras de sí, se dirigió a su despacho.
Lucía dejó su pesado abrigo blanco en el cesto de la ropa sucia; debajo llevaba un vestido de punto color beige.
Una empleada le llevó un vaso con agua. Tras darle un par de sorbos, un presentimiento helado la asaltó. Dejó el vaso de golpe y salió corriendo hacia el despacho.
Bajo la luz fría de la habitación, Alejandro tecleaba a una velocidad vertiginosa. En cuestión de segundos, la interfaz de la pantalla cambió bruscamente, mostrando los servidores del departamento de tránsito de la ciudad.
—¡Qué estás haciendo! —gritó Lucía, irrumpiendo en el cuarto.
Al ver que estaba revisando las grabaciones de seguridad de todas las calles, comprendió sus intenciones de inmediato.
—¡Detente! ¡No lo busques! —exclamó, intentando apartarle las manos del teclado.

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