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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 481

Lucía estaba a punto de tragarse la pastilla anticonceptiva.

De pronto, la puerta de la habitación se abrió. Lucía apretó con fuerza la cajita rosada.

—Lo... lo siento mucho, Srta. Lucía... Creí que no había nadie en casa —se disculpó la empleada Juana, sorprendida de ver a la joven tomando medicamentos tan temprano en la mañana.

Lucía la miró con frialdad.

—¿Acaso no acostumbra tocar la puerta antes de entrar?

Doña Juana bajó la mirada.

—Vine a recoger la basura. Como creí que la Srta. Lucía no había regresado anoche, me atreví a pasar. Mil disculpas.

Lucía había vuelto tarde la noche anterior y no tuvo tiempo de tomar la pastilla. Esa misma mañana, antes de que los demás despertaran, había pedido a una farmacia con servicio a domicilio que se la enviaran de urgencia.

Sintiendo que la pastilla ya había bajado por su garganta, sentenció:

—De ahora en adelante, esté o no esté, recuerde siempre tocar la puerta.

—Sí, Srta. Lucía.

Sin esperarse ser descubierta por Doña Juana, Lucía se escondió en el baño, cortó la caja en pedacitos minúsculos y los arrojó por el inodoro. Solo entonces bajó las escaleras como si nada hubiera pasado.

—¿Ya llegó el periódico de hoy?

—Sí, ya están todos en la mesa del comedor —respondió Doña Juana mientras servía el desayuno.

Lucía sintió que el pecho se le oprimía. En esta vida, ella había metido las manos en el asunto y no sabía si aquel hombre estaría bien. Sus dedos se pusieron un poco rígidos al sostener el periódico. Mientras leía, no pudo evitar cubrirse los ojos con la mano, dejando solo una pequeña rendija entre los dedos para espiar las noticias.

Doña Juana, notando su actitud extraña, preguntó en voz baja:

—Srta. Lucía, ¿quiere que se lo lea?

—No es necesario —rechazó Lucía. Leerlo palabra por palabra sería como una tortura lenta. Prefería hacerlo a su propio ritmo.

Llevaba dos días así, con el corazón en un hilo cada mañana.

Solo cuando revisaba que no había malas noticias en el periódico, podía soltar el aire. De lo contrario, se quedaba con esa horrible sensación de angustia atorada en el pecho.

...

Esa mañana, Alejandro Zavala estaba en su oficina. Cuando sonó su teléfono y vio quién llamaba, le hizo una seña a Mateo Vicario para que saliera.

Una vez solo, Alejandro caminó hacia el ventanal y contestó la llamada con un semblante serio y reservado.

Poco después de terminar, entró una llamada de Leonor de Zavala, recordándole que debía ir a la mansión el sábado porque el Ministro Ricardo Zavala quería hablar con él.

Capítulo 481 1

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