Lucía no sabía que Federico era abogado y respondió: —Ah, qué bien.
Doña Juana preparó los ingredientes, y después de que Lucía cocinara un excelente plato de carne de res salteada con pimientos, le dejó el resto del trabajo en la cocina a las empleadas. —Mamá, voy a hacerle unas preguntas al abogado Figueroa.
—Claro, ve —dijo Elena, encantada con la idea.
Julio estaba platicando con Federico cuando Lucía se acercó: —Julio, necesito hablar a solas con Federico.
Julio protestó: —¿De qué quieren hablar ahora? Ya casi está servida la cena.
En ese momento, Elena salió del comedor con un plato de fruta, ocultando a duras penas su entusiasmo y apresurándose a intervenir: —Déjalos que platiquen un rato a solas. Julio, ve a cargar al bebé, ya vamos a comer.
Lucía aprovechó y guió a Federico hacia el jardín trasero.
Pero de pronto, no sabía cómo empezar a hablar.
La brisa nocturna soplaba suave. Federico la observó y notó el ceño fruncido de la joven: —Las últimas veces que nos hemos visto, siempre tienes el ceño fruncido y una mirada cargada de tristeza.
—Vi en las noticias que Alejandro Zavala resolvió lo de los ochenta mil millones. ¿Por qué no te ves contenta?
—Por eso mismo estoy mal. Usó eso como condición para obligarme a tener un hijo con él —Lucía le relató todo lo que había ocurrido.
Federico la escuchó con asombro: —¿No te das cuenta de lo manipulador que es?
—Es, sin duda, un estratega brillante. Apostó a que cederías por compasión.
Hizo una pausa y desglosó la trampa para que ella lo entendiera: —Piénsalo detenidamente. Si logra que te quedes embarazada, tendrá la excusa perfecta para casarse contigo. Cuando tenga a su esposa y a su hijo, y tú además tengas esos terrenos... aunque los terrenos sean bienes previos al matrimonio, con su influencia, encontrará la forma de volverlos parte del patrimonio conyugal. Para él, es un negocio redondo donde no pierde nada.


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