—Señor Zúñiga.
El pasillo estaba en silencio, solo estaban ellos dos. Lucía se detuvo, asintió levemente con una expresión sincera y le agradeció: —No había tenido la oportunidad de decírselo, pero muchas gracias. Le debo una por haberme dejado descansar en su casa aquella tarde, no lo he olvidado.
Patricio Zúñiga la miró con expresión serena y asintió: —Fue solo un detalle sin importancia, no tienes que agradecer. Te noto un poco pálida, ¿cómo ha estado tu salud últimamente?
—Bastante bien.
Lucía supuso que iba en dirección al baño, así que se hizo a un lado para dejarlo pasar.
Antes de separarse, Patricio agregó: —Lucía, te ves muy hermosa hoy.
Lucía no esperaba un cumplido tan repentino y respondió en voz baja: —Gracias.
Tras despedirse cortésmente de él, se dio la vuelta para regresar al salón. No había dado ni tres pasos cuando sintió que alguien le agarraba la muñeca con fuerza.
Se tambaleó hacia adelante, perdiendo el equilibrio, y al levantar la vista, se encontró con los ojos negros y profundos de Alejandro.
No sabía en qué momento había salido de las sombras. Los dedos del hombre se cerraban firmemente sobre su delgado brazo. No estaba usando demasiada fuerza, pero la suficiente para impedir que pudiera soltarse.
—¿Qué relación tienes con ese hombre?
Alejandro bajó la mirada hacia su rostro pálido, y su voz ronca y fría le susurró al oído: —¿Acaso lo olvidaste? Nosotros todavía tenemos un acuerdo de matrimonio.
Lucía intentó zafarse: —Basta. Yo también perdí la memoria. Se me olvidó todo desde el día en que nací. Dime, ¿tú quién eres? —Y tras decir eso, se dio la media vuelta y se alejó.
Alejandro sabía que en ese momento no tenía cómo controlarla.
Los invitados empezaban a abandonar lentamente el salón. La familia García también se preparaba para regresar. Lucía planeaba irse en el auto de Julio. Le avisó a Mónica, y apenas llegó a la mesa, el pequeño Horacito corrió hacia ella con sus piernitas tambaleantes. Extendió sus pequeños brazos hacia ella con ojitos suplicantes, balbuceando que su tía lo cargara.
Pero, esta vez, Lucía tampoco lo cargó. —Julio, carga tú a Horacito, es que con el vestido me cuesta trabajo.

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