Un año después.
La fiesta del primer añito de Alex García Zavala, el pequeño Béisbol, se celebró por todo lo alto. Estuvo repleta de personalidades y figuras importantes. Había pasado un mes entero desde el evento, y en las redes sociales seguían circulando las fotos capturadas ese día. Los usuarios inundaban los comentarios llenando de halagos al tierno y encantador bebé.
En las fotos, Béisbol aparecía mordiendo su puñito con curiosidad e inocencia. Sus ojos limpios y oscuros como un par de uvas eran la réplica exacta de los de Lucía, mientras que sus cejas, su nariz y el contorno de sus labios eran idénticos a los de Alejandro.
En la oficina, una colega de Cristina Quiroga no pudo evitar comentar:
—Cristina, el hijo de tu cuñada es demasiado hermoso.
Cristina sabía perfectamente que sus colegas solo querían usarla como puente para acercarse a Lucía. El Grupo Zavala estaba en la cima de la pirámide económica, siendo una familia con poder absoluto. Muchos le habían pedido favores indirectos a Cristina para conseguir una oportunidad de visitarlos.
Pero Cristina los rechazaba cortésmente uno por uno.
De pronto, su teléfono sonó. Al ver un número desconocido, sintió un vuelco en el corazón.
Salió rápidamente al pasillo para contestar. Del otro lado se escuchó la voz de Gustavo Beltrán:
—Cristina, lo perdí todo.
El corazón de Cristina se apretó. Entró en pánico y trató de razonar con él:
—No... no cometas ninguna locura.
Desde que la conspiración del accidente en la construcción contra Alejandro salió a la luz, junto con varios delitos que ella no comprendía del todo, Gustavo se había convertido en un prófugo internacional. Había pasado los últimos meses escondiéndose como una rata, perdiendo por completo el aura altiva de CEO que tenía antes.
La voz del hombre al teléfono estaba llena de miseria:
—Solo me quedas tú, Cristina. En realidad, en nuestra vida pasada... tú eras mi esposa.
—Soy un renacido.
...
Al día siguiente, Lucía paseó por un centro comercial exclusivo de productos infantiles. Compró un montón de ropa y cosas de diario para Béisbol, y al pasar por el área de niños, vio unas prenditas adorables que decidió comprar para sus sobrinos.
Condujo hasta la universidad donde Cristina impartía clases para entregarle personalmente los regalos.
Lucía iba custodiada por dos guardaespaldas y con Noel pegada a ella en todo momento.
Cuando Cristina la vio llegar, su rostro palideció levemente.
—¿Por qué viniste hasta acá a esta hora?
Lucía levantó las bolsas de papel y le explicó con dulzura:
—Pasé por una tienda y vi ropita muy bonita. Les compré unas cositas a Horacito y Luciana. Como la universidad me quedaba más cerca que la casa, vine directo.
Cristina miró las bolsas. Con la voz ronca, preguntó:
—¿Tienes tiempo? Necesito hablar contigo.
En ese instante, Lucía notó las profundas ojeras y el semblante demacrado de Cristina. Parecía que las preocupaciones le habían absorbido toda la energía. Su corazón se encogió de preocupación:
—Cristina, ¿qué te pasa? ¿Acaso mi hermano te hizo algo malo?
Cristina solo evadió:
—Vamos a la cafetería de al lado.
Noel, al notar la tensión, no pudo evitar mirar a Cristina de forma escrutadora un par de veces.
Las dos buscaron una cafetería cercana y se sentaron.
No había mucha gente. Los escoltas revisaron la sala privada y se retiraron, cerrando la puerta cortésmente.
—¿De verdad era necesario hacer todo este despliegue? —preguntó Cristina.
Lucía sonrió y sacó un poco la lengua en gesto de disculpa:

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