Rocío Luján llegó a la mansión Quintana.
Se acercó a Doña Marisol, pero notó que la anciana tenía el rostro ensombrecido, como si estuviera de un humor de perros. Antes de que Rocío pudiera abrir la boca, escuchó una voz cargada de veneno:
—¿Qué diablos haces aquí en lugar de organizar tu compromiso con los Larios?
Rocío sintió miedo, pero tras dudarlo un segundo, comenzó a hablar:
—Abuela...
Fue interrumpida bruscamente antes de terminar.
—¡Ja! —resopló la anciana, con sus ojos opacos llenos de odio—. ¿Quién te crees que eres? ¿Desde cuándo somos familia tú y yo? Solo eres la bastarda de un maldito chofer, y vienes aquí a llamarme así para lucirte. Si no puedes controlar a la familia Larios, lárgate a morir a otro lado y no me arrastres en tu vergüenza.
El mayordomo, de pie junto a ellas, suspiró e intentó calmarla:
—Señora, no se enoje tanto, le va a hacer daño a su salud.
—¿Y cómo no voy a estar furiosa?
La anciana apretó los dientes.
—Por fin consigo algo que me gusta de verdad, ¡y me lo vuelan hasta dejarlo hecho polvo!
Acababa de recibir las noticias desde el extranjero.
—Menos mal que fue de madrugada y ningún trabajador salió herido —comentó el mayordomo.
La anciana entrecerró los ojos.
—¿Quién crees que está detrás de esto?
—Si no me equivoco, debe ser obra de Damián Quintana. Las pandillas de esa zona están muy ligadas a su gente —respondió el mayordomo.
Ambos continuaron hablando como si Rocío no existiera.
Rocío dedujo que la anciana había sufrido un revés importante, y de paso, se había desquitado con ella.

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