—Entrégame esa grabación ahora mismo, o de lo contrario...
Al decir eso, Gustavo le agarró la mandíbula con violencia, forzándola a abrir la boca, y acercó la jeringa directo a su garganta.
—Te mando al infierno ahora mismo.
—¡Se la doy! —El olor ácido y corrosivo le quemaba las fosas nasales. Hanna supo que Gustavo había perdido por completo la razón.
Y también supo que, si no le daba lo que quería, estaba muerta.
No tenía cómo defenderse. Era un cordero en el matadero.
Su vida era lo más importante ahora, así que no tuvo más remedio que ceder.
Gustavo alejó la jeringa un par de centímetros de sus labios.
—¿Dónde está?
—Está... está en los casilleros del hospital... junto a radiología —tartamudeó Hanna, temblando de pies a cabeza por el pánico.
Al ver que no parecía estar mintiendo, Gustavo le exigió los detalles del casillero y la contraseña. Hanna le dio toda la información.
Gustavo llamó inmediatamente a Tatiana Soler.
Le ordenó que fuera a los casilleros, ingresara el código y sacara lo que había adentro.
Tatiana estaba en el hospital haciéndole compañía a Rocío durante su recuperación. Para ganarse el favor de la chica, le compraba manjares exóticos que costaban miles de pesos, pagándolos sin pestañear.
Antes, el único objetivo de Tatiana era cazar a un millonario.
Pero desde el día en que vio a Doña Marisol defendiendo a Rocío y llamándola su nieta, Tatiana enfocó toda su energía en lamerle las botas a Rocío.
Así que, al escuchar que el objeto que tanto aterraba a Rocío estaba en los casilleros del hospital, dejó todo tirado y salió corriendo a buscarlo.
Hanna no tenía más opciones. Sabía perfectamente que Gustavo jamás la dejaría salir viva de ahí. Su única esperanza era que, cuando descubrieran que la grabadora no estaba en el casillero, ella les inventaría que tenía un respaldo en su celular.
Les diría que ella misma les enseñaría a borrarlo, y al teclear, usaría un código oculto para enviar una señal de alerta a Isabel, a Julián Serna y a todos sus conocidos.
Isabel llamaría a la policía de inmediato.
Mientras esperaba con el corazón en la garganta, sonó el teléfono de Gustavo.
Él contestó con una sonrisa torcida.
—¿Y bien? ¿Ya lo tienes?
Del otro lado de la línea, se escuchó la voz histérica de Tatiana.
—¡No hay nada! La muy perra nos engañó.
La sonrisa de Gustavo se borró de tajo. La euforia de estar a un paso de salvar a su hija se transformó en hielo puro.


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