Hanna se quebró y rompió a llorar desgarradoramente.
Por un segundo eterno, estuvo convencida de que su vida terminaría en ese asqueroso lugar.
Damián no perdió ni un segundo más; la alzó en brazos y la metió en el vehículo.
El motor rugió y arrancaron. Detrás de ellos iba la furgoneta que llevaba a Mateo y a Gustavo.
Condujeron desde las zonas marginadas hasta llegar a la carretera costera, deteniéndose finalmente en el puerto, frente a un imponente yate de lujo.
Damián bajó la mirada hacia la mujer que se había quedado profundamente dormida en sus brazos.
Minutos antes, sus hombres le habían dado a Gustavo la paliza de su vida en la parte trasera de la furgoneta. El infeliz lo había confesado todo. Todo había sido obra suya.
Desde convencer a Mateo para que se metiera a su casa y la violara, hasta orquestar todo este secuestro.
Confesó que esperaron a que ella saliera de radiología, la sedaron y la metieron a un taxi pirata para llevarla a ese taller mecánico olvidado por Dios.
Todo para extorsionarla y quitarle la grabadora.
Los guardaespaldas también le informaron a Damián que encontraron marcas de ácido sulfúrico en el suelo del lugar.
Sumado a la sonda gástrica y la enorme jeringa que estaban ahí, era evidente que Gustavo tenía toda la intención de asesinarla.
Aunque Gustavo se negaba a admitir la parte del asesinato, los guardaespaldas, que conocían a la perfección la mente de esa calaña de criminales, estaban completamente seguros.
Damián apretó los brazos, abrazándola tan fuerte que parecía querer fundirla con su propio cuerpo.
Le aterraba pensar en lo que habría pasado si hubieran llegado un minuto más tarde.
Se negaba a imaginar cómo habría sido el dolor de perder a Hanna; la sola idea le desgarraba el alma de una forma insoportable.
Damián la sacó del vehículo con cuidado y subió al yate. Con un simple gesto, ordenó que arrastraran a Mateo y a Gustavo a las entrañas del barco.
El yate estaba equipado con las mejores instalaciones médicas y un doctor privado. Para cuando terminaron de examinar a Hanna, ya eran las tres o cuatro de la madrugada. El yate cortaba las olas, dirigiéndose directo hacia aguas internacionales.
—Señor Quintana —informó el doctor, saliendo de la habitación.
—La señora inhaló bastante sedante. Tiene contusiones en la cabeza, y cortes en manos y pies. Ya le limpiamos las heridas. Con descanso, estará como nueva.
—Mjm.
Hanna fue instalada en la suite principal del yate, una habitación lujosa y cómoda.
Seguía inconsciente.
Las heridas en las palmas de sus manos, causadas por la grava del suelo, no eran profundas, pero se veían espantosas. Seguramente le habían dolido muchísimo.

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