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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 260

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Haciendo memoria, la persona que más motivos tenía para desear que Hanna desapareciera era la anciana señora de la familia Quintana, por lo que él había ido personalmente a pedirle cuentas.

—Hablo de la chica a la que usted humilló aquel día. Me pareció que su actitud fue completamente irracional —dijo Julián.

Doña Marisol sintió la acusación como una bofetada.

Entonces comprendió por qué Julián había llegado con esa actitud tan hostil: venía a exigirle explicaciones.

Se puso roja de ira al instante.

—¡Esa mujerzuela no es más que la exesposa de Luciano Larios! ¿Y vienes a gritarme por culpa de ella? ¡Soy tu...!

—Basta —la interrumpió Julián. Parecía costarle horrores aceptar que esa mujer, que ya pasaba de los setenta, fuera su madre biológica.

Julián ni siquiera sabía si considerar su existencia como un triunfo de la modernidad o un milagro de la medicina.

—No es solo la exesposa de Luciano Larios, es la mujer que me gusta. He estado enamorado de ella durante años —confesó Julián.

—¡Perfecto, simplemente perfecto! —Doña Marisol soltó una carcajada cargada de sarcasmo—. ¡Con razón se me revuelve el estómago cada vez que veo a esa mocosa! Ya me extrañaba a mí... ¡Así que esa bruja te ha seducido!

Doña Marisol parecía un monstruo enfurecido, con una expresión aterradora.

Daba la impresión de querer hacer pedazos a Hanna con sus propias manos.

Julián, al ver que la conversación no llevaba a ninguna parte, replicó de inmediato:

—Ella no me ha seducido. Simplemente quiero conquistar a una mujer brillante, alguien que encaje a la perfección con mis ideales. Ella me resulta muy valiosa. Si logro casarme con ella, tanto mi vida profesional como familiar serán un éxito rotundo.

Doña Marisol resopló con desdén:

—¿Qué estupidez es esa de tus ideales? ¡Luciano Larios se revolcó con ella durante años! ¡Es una mujer divorciada! ¿Te has vuelto loco? ¡Hay millones de mujeres mejores que ella en este mundo, estás ciego! Te lo advierto de una vez: me niego rotundamente. Mientras yo siga viva, ¡jamás permitiré que esa mujer ponga un pie en la familia Quintana!

Al escuchar esto, Julián no se molestó en discutir más. Dejó la taza de té en la mesa y se marchó.

No se llevó ni uno solo de los regalos que Doña Marisol le había preparado. Cuando él salió, la anciana enloqueció de furia, arrojando y destrozando todo lo que encontraba a su paso.

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