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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 271

Tener aviones privados, islas exclusivas... eran niveles de poder que la familia Larios ni siquiera podía soñar. Esa era la verdadera fuerza de los intocables.

Hanna tomó un sorbo de café en su mesa. De repente, un murmullo agitado recorrió la entrada del lujoso salón.

Al parecer, la boda de la década iba a comenzar antes de que el novio hiciera su aparición.

Ahí estaba Rocío Luján. Llevaba el vestido de novia con el que Hanna había soñado alguna vez, uno digno de la realeza. Necesitaba a varias personas para sostener la cola de varios metros de largo, y una tiara de diamantes de valor incalculable coronaba su cabeza.

Hanna recordó cuando se casó con Luciano Larios. Como no hubo una gran celebración, tampoco usó un vestido tan complejo. Solo fue una cena familiar en la Casona Larios. El vestido que eligió entonces le pareció costoso, pero viéndolo ahora, era bastante sencillo. Aunque, al menos, era cómodo para el brindis.

En aquel entonces, estaba tan ciega de amor que no vio nada malo en ello y guardó el vestido con esmero por años. Ahora, viendo el lujo desmedido que los Larios habían preparado para Rocío —los cientos de invitados, el vestido ostentoso, la joya en su cabeza—, veía materializadas todas las fantasías de su juventud.

Pero, curiosamente, ya no sentía ni una sola gota de envidia.

Tras la entrada triunfal de Rocío, Julián Serna vio aparecer a Luciano empujando a una mujer en silla de ruedas.

Por fin había llegado el novio. Sin embargo, Julián no reconoció a la mujer. Era de facciones hermosas, pero llevaba el cabello alborotado y tenía los ojos hundidos, dándole un aspecto desequilibrado.

Hanna, en cambio, sabía perfectamente de quién se trataba. Esa mujer era Selena Quiroz, la madre de Luciano.

Alguna vez fue la elegante heredera de los Quiroz, pero tras casarse con Humberto Larios y encontrarlo en la cama con otra mientras ella estaba embarazada, perdió la razón. Lo que comenzó como depresión posparto se transformó en un trastorno bipolar severo.

Al ver a Luciano, el rostro de Rocío se iluminó con una alegría desbordante; hasta ese momento había temido que él la dejara plantada. También había oído hablar de la existencia de Selena.

Arrastrando la pesada cola del vestido, se acercó a ellos con su mejor sonrisa.

—Mi amor, suegra, qué bueno que llegaron —saludó Rocío, radiante.

Creía ciegamente que la tardanza de Luciano se debía a que había ido a buscar a su madre para que presenciara la unión.

En ese momento, Selena murmuró algo ininteligible. Rocío se agachó a su altura, sin perder la dulzura.

—Dígame, suegra, ¿qué necesita? —preguntó.

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