—Aunque mi madre haya perdido la razón, la familia Larios debería darle el respeto que merece —continuó Luciano—. Abuelo, lo de Rocío y yo solo fue un accidente...
Antes de que pudiera terminar, Don Ricardo le cruzó la cara de un bofetón.
—¡Basta de estupideces! —bramó el anciano—. ¿Acaso quieres destruir a nuestra familia?
Entre los presentes había figuras políticas y altos ejecutivos. Don Ricardo no podía permitir que su nieto humillara públicamente a la señorita Quintana. Las consecuencias serían catastróficas.
Luciano se quedó paralizado. Inmediatamente, Don Ricardo ordenó que se llevaran a Selena.
Le ataron las manos y los pies a la silla con correas para evitar que lastimara a alguien. Mientras la empujaban hacia la salida, la pobre mujer gritaba desesperadamente el nombre de su hijo.
Don Ricardo miró a su nieto con severidad.
—¡Ve a cambiarte ahora mismo! —le ordenó—. Rocío ya tiene tu traje listo.
Con el corazón muerto en el pecho, Luciano obedeció.
Nunca había visto a su abuelo tan enfurecido. Tampoco imaginó el pavor absoluto que los Larios le tenían al poder de los Quintana. Sabía que había cruzado un límite.
Él solo quería cancelar la boda. Podía darle a Rocío dinero, propiedades, lo que pidiera... menos el matrimonio. Ya se lo había dicho: no se casaría con ella.
Desde el divorcio, había caído en un abismo de depresión. Jamás creyó que perder a Hanna le causaría tal agonía física. Y anoche, tras verla besándose con otro hombre, el dolor no lo había dejado dormir.
Se había quedado en la sala de cine de su casa, viendo una y otra vez el video de su boda con Hanna.
Hoy solo estaba allí porque Don Ricardo lo había acorralado. Intentó usar a su madre como escudo para sabotearlo todo, pero al parecer, nada podía detener esa farsa.
Luciano se puso el esmoquin blanco.
La ceremonia comenzó oficialmente.


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