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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 638

ROJO PROMESA. CAPÍTULO 11. Una noticia dolorosa

Mauro miró hacia aquel lugar con expresión curiosa, y se asomó solo para ver a Ainara repartiendo juguetes entre los niños y entregándole aquella caja de útiles a las maestras. Parecía que había una fiesta en la escuelita, y la muchacha intentaba no ser el centro de ella a pesar de todo.

Mauro la observó durante un rato y luego cuando el chofer volvió con otra carga, incluso lo ayudó a entrar la mitad de las cajas.

Ainara no dijo nada cuando lo vio allí, ni siquiera se sorprendió o se sobresaltó, y cuando terminaron se despidió amablemente y caminó junto a él por la larga calle que bordeaba la instalación.

—Interesante en qué te estás gastando mi dinero —murmuró Mauro y ella sonrió con una negativa condescendiente.

—Bueno, como bien dices, tú tienes mucho dinero, considera que solo te estoy ayudando, a partir de ahora yo me encargaré de que hagas caridad como un niño bonito bueno —suspiró.

—Mi empresa ya tiene una fundación que se encarga de eso —replicó él.

—Lo sé, pero tu empresa rara vez llega a lugares como este.

Ainara se acercó a un pequeño puesto de comida de la calle, extremadamente sencillo, y compró un par de bocadillos para los dos. Luego le hizo una seña y se sentaron en un banco tranquilo, frente a un enorme descampado.

—Ahí estudié —le dijo y Mauro miró asombrado hacia la escuelita que acababan de dejar.

—¿Ahí?

—Sí, viví en Berna casi toda mi infancia —le contó Ainara—. Bümbliz no estaba tan mal como ahora, pero las cosas no eran fáciles tampoco. La ayuda no llega a estas calles, se contentan con decir que hay más violencia que en cualquier lugar, que es más pobre que otros lugares, pero nadie hace nada para cambiar la situación.

Mauro respiró hondo, las calles alrededor estaban llenas de edificios altos y deslucidos, la gente que vivía ahí parecía gris, y a unos diez metros el pobre chofer miraba a todos lados como si temiera que de un momento a otro le fueran a robar el coche.

—No sabía que habías crecido aquí —le dijo a la muchacha.

—Bueno, tampoco es que me haya ido a Zúrich a un lugar mejor —replicó ella y los dos rieron recordando el apartamentito feo donde ella vivía cuando solo era una chiquilla.

—¿Y por qué se mudaron? —preguntó Mauro de repente—. Si miras bien parece que esto es incluso mejor que donde vivías en Zúrich. ¡Allí sí me robaron las llantas del auto!

La carcajada de Ainara lo llenó todo como si fuera música.

—¡Y no te robaron el resto del auto porque yo les daba miedo! —sentenció.

—¡Sí, eras chica ruda de la calle y todos te respetaban! —suspiró Mauro—. Pero ¿por qué se mudaron? —insistió.

Ainara apretó los labios, aquello todavía no podía decírselo. Todavía. Así que solo negó y se encogió de hombros.

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