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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 781

PRINCESA... DE DÍA. CAPÍTULO 51. Tenemos que hablar

Y por más que pudiera parecer una solicitud extraña, en verdad no lo era, simplemente era plena consciencia de aquel hombre de lo que tenía entre las piernas. Dandara suspiraba con cada empuje, aferrándose a sus labios mientras sentía cómo cada centímetro de aquel miembro caliente y recio se hundía en su interior, abriendo, destrozando, disfrutando de cada latido de sus paredes, que parecían devorarlo.

Sus gemidos se alzaron en medio del silencio de la madrugada, y todo lo que podía sentir era el aliento de Cameron sobre su garganta, los gruñidos deliciosos que salían de su boca y que parecían intensificarse cada pocos segundos.

El plop plop plop de los cuerpos era violento y húmedo, y las manos de Cameron se aferraban a sus caderas, guiando aquel movimiento perfecto que lo enloquecía, aunque no era el único en el escaño de la camisa de fuerza.

—¡Dios, estás tan apretada! —siseó en medio de un jadeo ahogado y Dandara echó atrás la cabeza, ofreciendo su pecho para que él lo devorara casi con desesperación—. No pares, nena... eso... muévete así... no pares... —lo escuchó susurrar y era casi como darle un premio, porque sabía que lo tenía al borde del abismo y listo para lanzarse.

—¡Cam...! —gimió cuando aquellos latigazos de deseo comenzaron a reptar por su vientre, descargándose una y otra vez, hasta hacer que todo su cuerpo se tensara por la anticipación.

Ya el sudor no era suficiente, el ritmo no era suficiente, la forma deliciosa en que sus cuerpos chocaban y se hundían un en el otro no era suficiente.

—¡Más! —gruñó él como si aquello fuera un permiso y un segundo después Dandara se olvidaba hasta de que era persona y Cameron ahogaba sus gritos con besos o de lo contrario parecería que la estaba matando.

Cerró los ojos y la apretó con fuerza contra él, sintiendo cada espasmo violento de su sexo, cada latido profundo con que apretaba su miembro, llevándolo a un orgasmo estremecedor y urgente, uno donde los dos explotaron en medio de una vorágine de placer.

Y eso fue todo lo que quedó después: placer y olvido, besos suaves, alientos entrecortados y un par de cuerpos que apenas cabían en aquel sofá pero que aun así seguían abrazados, como un ovillo perfecto, como un corazón dividido que realmente había logrado reunir por fin sus dos mitades.

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