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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 811

PRINCESA... DE DÍA. CAPÍTULO 81. El descanso eterno

Estaba furiosa. No existía otra palabra para describir cómo se sentía en aquel momento. Estaba furiosa, frustrada, y la paciencia no era una de sus mejores cualidades. Sin embargo, los pasos de Dandara se aquietaron lo suficiente mientras se acercaba a la propiedad, como para poder escuchar la voz del hombre que hablaba dentro de ella.

Antes ya había notado que las paredes estaban en ruinas y que faltaba el noventa por ciento de las ventanas, así que la única razón por la cual Mueslik parecía creer que podía vociferar a sus anchas era precisamente por la soledad que lo rodeaba.

El terreno era inmenso, y tal vez imaginaba que nadie buscaría a Cameron precisamente allí.

—¡Es que tenías que estarte follando a la directora! —vociferaba el arquitecto con rabia—. ¡No podía ser a la estúpida del café, no podías follarte a la de las copias como cualquier otro arquitecto del despacho! ¡Tenías que hacerle el favor a la futura directora del puto colegio!

Dandara escuchó un gruñido de esfuerzo; y luego otro muy cercano, porque era evidente que Cameron no podía exhalar nada más alto que eso.

Se asomó despacio a la ventana más cercana y lo vio amarrado en un rincón, con la frente apoyada en el suelo y un gesto de dolor, porque parecía que el hombro que tenía contra el piso de madera estaba dislocado. Tenía la boca amordazada con un pedazo de trapo sucio que le impedía hablar, pero no le impedía enojarse.

No muy lejos de él, el jefe del despacho de arquitectos removía desesperadamente entre los escombros del suelo.

—¡Maldita sea! ¡Yo revisé los putos planos! —gritó con rabia, porque había sido una de las primeras cosas que había hecho cuando había visto el presupuesto destinado a los cimientos: revisar los planos de aquella vieja edificación para ver por dónde podía drenar el dinero—. ¡¿Dónde carajo está el sótano?! ¡Se supone que está por aquí! ¡Se supone que está en algún lugar de...!

Alcanzó una barra que parecía haber sido, en otro tiempo, la pata o el soporte de alguna mesa, y golpeó las tablas del suelo hasta que una de ellas saltó con violencia.

—¡Alabado sea el Señor! —exclamó con ironía—. ¡Si tuviera que cavar todo esto, se me notaría demasiado en las manos! Pero por suerte hay un sótano aquí lo suficientemente grande para que puedas descansar en paz por el resto de la eternidad.

Golpeó de nuevo el suelo y se agachó para levantar la trampilla bajo la cual había una larga escalera de piedra llena de moho y humedad. Y, entre tanto ruido, maldiciones y palabrotas, no alcanzó a escuchar cómo aquella mujer se deslizaba por una de las ventanas con el sigilo de un gato y el silencio de un ave de presa.

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