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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 827

PEQUEÑA AMADA MÍA. CAPÍTULO 4. Sobreviviendo

Los labios de Gigi se abrían y se cerraban pero ningún sonido salía de ellos. Era evidente que estaba un poco aturdida, pero esa era una condición que su madre había alentado particularmente a lo largo de su corta vida.

—Cariño, las dos sabemos que tienes que hacer tu propio camino. Ya te traje hasta aquí y sabes todo lo que he sacrificado por ti, pero ya es hora de que me dejes ser feliz. ¿No quieres que mamá sea feliz? —le preguntó y eso era exactamente como decirle que no debía agradecerle por la ropa vieja que le regalaba y que obviamente el cuerpo de la chica, carente todavía de cualquier curva voluptuosa, era incapaz de llenar.

—Mamá… esta noche no tengo a dónde ir. Si me dieras hasta mañana…

—¡Mañana, mañana…! ¡Gigi, por Dios, no puedes vivir pegada a mis faldas toda la vida! —exclamó su madre con impaciencia, pero evidentemente no esperaba que una voz muy distinta le respondiera.

—¿Se puede saber qué haces? —le preguntó Renard apareciendo por la puerta—. ¿Estás echando a la niña de la casa?

Y había dos tragedias allí sucediendo a la misma vez. La primera fue que cuando los ojos de la chica se concentraron en los de su madre, solo vio esa expresión que significaba que más le valía obedecer y no exponerla delante de la gente.

Y la segunda era que si Renard la llamaba “niña” o la defendía, no era solo porque le tuviera cariño o porque la apreciara. Solo era el novio de turno de su madre, y uno de los más desagradables, por cierto. Gigi tenía que desembarazarse a menudo de sus manos, o ir a esconderse a su cuarto cuando él aparecía porque solía mirarla de una manera que no le provocaba otra cosa que asco.

Así que si Renard planeaba mudarse, Gigi entendía que su madre no la quisiera allí. Y no podía decir que le dolía que lo estuviera eligiendo a él, porque la verdad era que la mujer que la había traído al mundo habría elegido literalmente a su gato persa antes que a ella.

—No… no, Renard, mi madre no me está echando yo… yo quiero independizarme. Me voy con una amiga del trabajo —dijo Gigi mientras veía cómo en el rostro de su madre se atornillaba una sonrisa.

—Eso no fue lo que yo escuché —gruñó el tipo, pero eso solo lo hizo ganarse un beso de la madre de su novia, que se le colgó del cuello como una iguana buscando sol.

—¡Ay, amor, tú eres demasiado elegante para escuchar detrás de las puertas! La niña ya es mayor de edad, quiere irse…

—¡No importa que sea mayor de edad, Taly, ella sigue siendo tu hija, y no está bien que salga de tu casa para irse con ninguna amiga ni…!

Sin embargo Gigi pronto dejó de escucharlos, porque su instinto de supervivencia, uno de los pocos que tenía, la hizo tomar la pequeña maleta que su madre le había preparado y salir de aquel departamento a toda prisa. Que su madre quisiera deshacerse de ella no le sorprendía, pero que Renard no quisiera no era precisamente una tranquilidad; en especial porque sabía que cuando la llamaba por aquel apelativo cariñoso de Taly solo significaba que intentaría convencerla.

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