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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 828

PEQUEÑA AMADA MÍA. CAPÍTULO 5. Una no tan mala orden

—¡Ay, Jesús! —exclamó Gigi soltando temblorosa la manga de la camisa y Niko achicó los ojos con curiosidad.

—Dudo que usted hubiera olido la túnica sagrada con tanta emoción, señorita Gigi —replicó entre dientes—. Ahora, ¿me quiere explicar qué demonios hace en mi baño?

—Bueno, es que… es que… —La muchacha alcanzó la crema para las quemaduras que se había quedado sobre el lavabo y se la enseñó—. Lo lamento, pasé a ver si podía tomar un poco de esto y luego… bueno es que pensé que tengo que devolverle su camisa pero no sabía a qué le gusta que huela porque ayer… bueno… todo olía a café y…

Niko se dio la vuelta sin dejarla terminar siquiera y la muchacha salió apresurada detrás de él.

—No me la devuelva, por favor, tengo más —rezongó él, porque perder una camisa de setecientos francos lo tenía sin cuidado—. Ahora, si ya se siente mejor, ¿me puede decir cómo va el avance del trabajo que te mandé.

—¡Claro, señor Keller, por supuesto, enseguida! —exclamó la muchacha.

Niko la vio tropezar tres veces hacia la puerta y tres veces de vuelta, como un cervatillo perdido, hasta que logró poner delante de él aquellos documentos que, solo Dios sabía cómo, estaban impecables.

—Ya hice la traducción, pero la verdad es que hay… bueno hay algunas palabras que pueden tener un sentido diferente, no sé mucho de contratos pero me imagino que no debería tener palabras ambiguas. ¿No es así?

Niko miró esas palabras que ella había resaltado en rojo, y debajo, con tinta, estaban los otros posibles significados.

—OK, déjame revisar esto y luego te daré más trabajo.

—¡Claro señor Keller! ¿Quiere que le traiga un café?

—¡Nooooo! ¡No gracias! No tomo café. Me voy a desintoxicar —carraspeó él porque era una mentira muy descarada cuando había una cafetera de última generación en su oficina.

—Este… claro… esperaré afuera —murmuró la muchacha.

Y Niko se concentró en aquellos papeles, porque la verdad era que eso era mucho mejor que concentrarse en esa imagen de Gigi oliendo su camisa. No era la primera, las mujeres solían tener fantasías con él, pero mientras en otros rostros era fácil notar la lujuria, cuando Niko se había asomado a esa puerta lo único que había visto era una niña oliendo un pastelito que no lograría comerse nunca.

—¡Joder, concéntrate Niko! —se regañó y solo volvió a levantar la cabeza de aquel contrato cuando se dio cuenta, y no erradamente, de que era muy probable que el señor Van Beek no pretendiera ser del todo honesto con la letra pequeña.

Así que para cuando se dispuso a salir con su hermano por un café no letal, ya había tomado una decisión.

—¿Y cómo te va con el cataclismo universal? —le preguntó Logan que no había podido dejar de notar que Gigi parecía una cosita pequeña y casi oculta detrás de su escritorio.

—Me la llevo a Amsterdam, no confío para nada en la ambigüedad del contrato y no voy a dejar que Van Beek me pase gato por liebre cambiando algo a última hora —sentenció Niko.

—¿Es en serio? ¿Te la llevas?

—Sí, y ya si hace mucho desastre la dejo por allá —sentenció Niko con impaciencia bebiendo su café y apretando aquel botón del ascensor para volver a su piso.

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