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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 832

PEQUEÑA AMADA MÍA. CAPÍTULO 9. Un castillo

Niko Keller no era un hombre impresionable. Después de tantas mujeres que habían pasado por su vida sin causar impacto, desde modelos hasta actrices, no había mucho que lo enmudeciera… pero lo que tenían delante era otra cosa.

Gigi tenía razón, no era hermosa. Tenía las curvas justas para una chica de dieciocho años, cero maquillaje y rasgos finos. Era la primera vez que la veía con una ropa que no fuera tres veces su talla o siquiera con las pantorrillas afuera, y aquella ropa ejecutiva y zapatos altos gritaba por todos lados que Gigi no pertenecía a ella.

Gigi pertenecía a vestidos de flores con mangas de bombacha, a overoles de mezclilla con tenis bajos, a falda de colegiala, a trenzas y a risas. No era una mujer hermosa, sofisticada y elegante. Gigi era inocencia pura, de la bonita, de la de verdad. De la que daban ganas de salir corriendo a conseguir una urna de cristal en la que meterla con todas sus mariposas, su música de fondo y su brillo mágico; o construirle un castillo de esos donde nadie pudiera alcanzarla.

—Pues por eso hacían tantas torres antes… —susurró Niko para sí mismo, o lo pensó… ni siquiera lo supo.

Lo cierto era que alguien tenía que ser el primero en reaccionar, y cuando Gigi levantó aquellos ojazos distraídos y se encontró a dos hombres mirándola fijamente, tuvo la única reacción que una chica como ella podía tener.

—¡Ay, Dios, tengo algo! ¿Ensucié la ropa? —exclamó mirándose por todos lados y dándose la vuelta—. ¡No me digan que me ensucié, si ni he tocado nada!

—Gigi…

—¡Ay lo siento señor Keller, es que soy muy torpe… pero si me dice dónde…!

—¡Gigi! No tienes nada —sentenció él carraspeando y la muchacha se detuvo de inmediato, restregándose las nerviosas palmas de las manos sobre los muslos—. Te presento al señor Van Beek, es nuestro socio potencial.

Gigi alargó la mano con un gesto cortés para estrechar la del hombre, pero este la tomó entre las suyas para besarle el dorso con un gesto que intentaba ser caballeroso, pero realmente Niko juraba que podía ver la tensión en el rostro de la muchacha.

—Un gusto conocerla, señorita…

—Favre —apuntó ella y Niko se dio cuenta inmediatamente de la distancia que estaba poniendo, porque aunque la chica no era de levantar la voz para defenderse, al parecer algunas cosas eran demasiado inconscientes como para ocultarlas.

—Me alegro de que vaya a trabajar con nosotros —sonrió Van Beek y Niko le quitó la mano de Gigi un segundo después, haciéndole un gesto para que fuera por sus cosas.

—Entonces vamos a trabajar, Van Beek, que hay mucho que acordar todavía —sentenció intentando no sonar demasiado cortante, pero la verdad era que tampoco le había hecho mucha gracia aquella sonrisa del viejo.

Para ser justos Van Beek no era taaaan viejo, rondaba los cincuenta años y era un hombre elegante, varonil y para su edad bastante atractivo, pero como a todo señorón se le salía la baba por cualquier jovencita y era evidente que Gigi era algo así como la fuente de la juventud eterna para él.

Así que quizás también inconscientemente, Niko procuró tenerla en todo momento de su otro lado, uno que le permitiera poner ese cuerpazo suyo entre la muchacha y Van Beek, porque era evidente que él no podía dejar de mirarla.

Y eso se extendió también en todo el tiempo que estuvieron negociando en la sala de juntas. El contrato no era algo secundario, pero la atención del hombre parecía distraída y Niko no podía evitar que la suya también. Pero la de Gigi era absolutamente concentrada, como si solo asimilara cada palabra que se decía o intentara no derramar su café, sin mirarlos a ninguno de los dos.

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