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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 833

PEQUEÑA AMADA MÍA. CAPITULO 10. Un arma de destrucción involuntaria

Gigi tenía cara de espantada, pero por alguna razón ya Niko se estaba acostumbrando a ella y a sus reacciones.

—¿Por qué a mí nunca me has dicho tu apellido? —preguntó él de repente, extendiendo su mano para ayudarla a bajar del auto cuando llegaron al hotel—. Cuidado con…

Y esa mano se convirtió en dos, y en un “agarro todo lo que puedo” para que no salgan volando los quinientos papeles del contrato. Dos segundos después Gigi recuperaba el equilibrio contra su costado, medio despatarrada y disculpándose sin parar.

Y Niko la miró de nuevo con condescendencia porque definitivamente aquella criatura no podía ser ama de casa o incendiaría la casa en el primer día.

—¿Tu apellido? —carraspeó tratando de cambiar de tema.

—¡Ah, pues es que usted no me lo preguntó, señor Keller! —le sonrió ella mientras se agarraba bien del barandal de la escalera.

Y Niko se dijo que sí se lo había preguntado. Él también le había dicho: “ Señoritaaa…”; y ella había respondido: “Gigi”.

Así que decidió tomárselo por el lado de que realmente era muy despistada y no por el lado de que confiaba más en él que en Van Beek, y teniendo en cuenta su corazonada estomacal, era obvio que no confiaba para nada.

No supo que mientras él solo se duchaba y descansaba un poco para aquella cena, Gigi se miraba al espejo una y otra vez, intentando no sentirse fea en aquella ropa tan bonita que le habían elegido las dependientas para la noche.

Se arregló tanto como pudo y decidió no quejarse de su cabello, a fin de cuentas era el único que tenía. Así que exhaló un suspiro que intentaba ser de autoaceptación y cuando el reloj dio las nueve se dirigió hacia aquel salón común.

Niko apenas la miró de reojo. Primero porque le había prometido a su hermano guardarse la calentura para mujeres “fuera” de la compañía, y para seguir porque ella no tenía nada de deseable, ¡pero absolutamente nada!

—¿Lista para irnos? —le preguntó viendo que parecía un poco perdida, como si no supiera exactamente por qué tenía que participar.

—Bueno… Sí, claro… —murmuró ella y Niko respiró hondo o de lo contrario le provocaría un infarto por exceso de impaciencia.

—Escúpelo, Gigi. ¿Qué pasa?

—Pues quería saber si… si vamos a ir a un sitio muy caro… porque usted sabe que yo soy un poco torpe y…

—Tranquila, tranquila. Incluso si incendias el edificio completo puedo pagarlo, para eso soy millonario —la calmó él empujándola con suavidad hacia la puerta hasta que pareció reflexionar—. De cualquier forma… por favor, trata de no incendiar el edificio. ¡Es más, ni siquiera te separes de mí a más de un metro! —le advirtió Niko sujetándola por los hombros para hacer que lo mirara.

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