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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 835

PEQUEÑA AMADA MÍA. CAPÍTULO 12. Un poquito de todo sin querer

—¡A dormir, Gigi, a dormir! —suspiró Niko con el mismo tono en que cualquier padre mandaría a su hija a acostarse, pero la verdad fue que él mismo apenas fue capaz de dormir en toda la noche.

La escena del club con Van Beek lo atormentaba. Gigi diciéndole que era Acuario casi le rompía el corazón, así que acabó dándose la vuelta en la cama con un gruñido antes del amanecer.

¿Cómo era que Gigi podía ser tan... inocente? No, más que inocente, rara, pérdida, como si la hubieran sacado de pronto de un tulipán del jardín. Ni siquiera se había dado cuenta de los avances de un hombre con la experiencia de Van Beek, así que no había logrado confundirla.

Pero por desgracia eso no hacía que su propia atracción por ella disminuyera. Al contrario, su ternura e ingenuidad lo ponían al borde de la desesperación.

Se levantó con pesadez después de diez vueltas, echó un vistazo al reloj y decidió que era hora de ir por un café. Había sido demasiado duro la noche anterior, y aunque no le gustaba admitirlo, tal vez le debía una disculpa. Caminó descalzo hasta la cafetera y solo cuando la vio llena de líquido caliente y oloroso se dio cuenta de que ella estaba acurrucada sobre el alfeizar de una de las ventanas.

—¿Gigi? —llamó Niko, sin obtener respuesta porque ella estaba absorta mirando hacia el exterior, con una expresión tranquila, pero había algo en sus ojos. Quizá... curiosidad, o tal vez melancolía—. ¿Estás bien? —preguntó Niko al acercarse, tratando de suavizar su tono para no asustarla.

Ella dio un pequeño brinco asustado como siempre hacía y lo miró, con su característica mezcla de torpeza e inocencia.

—Sí, señor Keller, estoy bien, estoy bien… ¿cómo puedo ayudarlo? ¿Quiere que le haga café o…?

—¡Nooooo no no, yo me lo sirvo solito! —suspiró él y luego se recordó la paciencia—. ¿Estás viendo algo?

—Bueno… es solo que… nunca había estado en Ámsterdam, y desde aquí parece mucho más bonito que donde yo vivía.

—¿Te gustaría salir? —preguntó Niko, consciente de que había prometido que tendría tiempo libre durante el viaje, pero Gigi hizo una pausa y luego balbuceó con nerviosismo.

—Este… ¡mejor no! ¡Mejor me siento en la ventana y miro desde aquí! Salir sola, no. Si me pierdo… seguro le daré más problemas.

Niko suspiró, divertido y, en el fondo un poco conmovido. Gigi no era alguien que se las apañara bien sola y eso resultaba más que evidente; pero había algo en cada cosa que la limitaba que lo desarmaba por completo, como si quisiera levantarla en sus brazos, mostrarle el mundo y decirle: ¡cómetelo!

—Está bien —dijo por fin con una sonrisa—, pero yo sí quiero salir. Quiero hacer un poquito de todo y me vendría bien la compañía. Digo… no me gusta cargar el paraguas, y tú podrías llevarlo por mí.

—¡Claro señor Keller, por supuesto! ¡Ya me arreglo! —exclamó ella y Niko salió de su camino para no hacerla tropezar… a diferencia de los otros tres muebles que no tuvieron a bien quitarse a tiempo.

Por supuesto que nadie dijo nada cuando Gigi perdió el paraguas a los veinte minutos de salir del hotel. Así que Niko compró un segundo paraguas porque la muchacha no debía quedarse sin propósito: o sea perderlo.

Pero lo que comenzó como una simple salida terminó transformándose en un paseo extraño y lleno de risas. Caminaron por las calles de Ámsterdam como si fueran una pareja cualquiera, aunque ninguno de los dos se daba cuenta de ello. Primero, fueron a una heladería, donde Gigi, con los ojos brillantes de emoción, no podía decidirse entre tres sabores y terminó pidiendo todos. Niko la miraba como si fuera una niña pequeña descubriendo el mundo, una a la que tuvo que quitarle el quinto helado de la mano.

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