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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 842

PEQUEÑA AMADA MÍA. CAPÍTULO 19: Sombras en la Noche

Niko salió de la oficina, despidiéndose de Gigi con un gesto breve, aunque por dentro, sentía una ligera resistencia. Algo lo inquietaba, pero decidió no darle más vueltas. Necesitaba descansar y dejar de pensar en todo lo que lo atormentaba, porque al final tendría su respuesta en cuestión de horas.

Sin embargo, al llegar a casa, tumbado en aquella cama enorme y vacía, solo podía pensar en ella. En todo lo que había aprendido de ella en solo unos días, en esa forma de morderse el labio cuando estaba nerviosa y eso era casi siempre, en su instinto extrañamente tan certero.

Cerró los ojos, pero en su mente solo aparecía Gigi, y cada vez era más difícil ignorarlo. No tenía idea de por qué no se la podía sacar de la cabeza, pero era una realidad indudable.

Mientras tanto, Gigi volvió a su rutina nocturna, como lo había hecho desde que su madre la había echado de la casa. Caminó por los pasillos casi desiertos de la oficina con las bolsas en las manos llenas de café, sándwiches y golosinas. Todo lo que los chicos de la sección de inversiones de la banca americana necesitaban para sobrevivir a las largas noches de análisis de mercados.

—¡Gigi, eres una santa! —le dijo uno de los chicos cuando dejó las bolsas sobre el escritorio más cercano—. ¡No sé qué haríamos sin ti!

Gigi sonrió, aunque por dentro sentía un nudo en el estómago. No le importaba ser vista como "la chica que trae café", pero al mismo tiempo, sabía que quizás nunca pudiera ser ninguna otra cosa más importante que eso.

Extrañaba hornear. Al menos en casa de su madre, cuando se sentía demasiado agobiada, se ponía a hornear cualquier cosa de pastelería. Cualquier cosa que su madre siempre acababa comiéndose después de decirle que no tenía buen sabor.

Pero al menos Gigi sabía que sus dulces no eran del todo malos.

—No es nada, chicos —dijo y luego se llevó aquel jugo y el sándwich que había comprado para ella y se lo comió en su escritorio.

Siempre le dejaban algún dinero extra a modo de apreciación, y ahora que el viaje con el señor Keller había terminado, a Gigi no le quedaba más remedio que volver a pasar las noches en la oficina. Hasta que lograra conseguir un lugar propio para vivir, quedarse allí era su única opción, pero se consolaba pensando que solo faltaba unos días para que le pagaran su quincena; entonces podría buscar un pequeño cuarto o algún lugar donde poder dormir sin preocuparse.

Esa noche, mientras tomaba pequeños sorbos de su jugo, el agotamiento finalmente la venció. Se quedó dormida sobre su escritorio, rodeada de papeles, y las luces de noche del pasillo que parpadeaban de vez en cuando.

Sin embargo al día siguiente, Gigi se aseguró de despertar antes de que amaneciera, se dio aquel baño más que urgente en la oficina de su jefe para quitarse la rigidez por haber dormido en una silla de oficina; y con las ojeras marcadas, decidió ir por otro café para despejarse antes de que alguien notara que había pasado la noche allí.

Salió del edificio y caminó hacia la pequeña tienda de conveniencia que había en la esquina, pero justo al doblarla su cuerpo se congeló al ver una figura familiar. Renard, el novio de su madre, estaba allí, de pie, mirándola con una incredulidad que pronto se convirtió en una sonrisa inquietante.

—Gigi... Te he estado buscando —dijo Renard con esa voz sedosa que le ponía los pelos de punta.

La muchacha sintió un escalofrío recorrer su espalda. No quería tener aquella conversación, ni en ese momento ni nunca.

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