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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 862

PEQUEÑA AMADA MÍA. CAPÍTULO 38. Un momento perfecto

El cuerpo de Gigi temblaba con una mezcla de nerviosismo y deseo. Podía sentir cómo su sexo palpitaba sin control, como si cada contracción dentro de ella estuviera pidiendo algo, como si su cuerpo buscara llenarse, devorar. Niko sonreía sobre ella, sintiendo cómo los músculos de su sexo se tensaban y relajaban con una urgencia desesperada.

Con un gesto rápido la tomó por la nuca, levantándola por un segundo, sólo el tiempo suficiente para unir sus labios en un beso feroz, cargado de necesidad. Sus lenguas se encontraron con un hambre especial, y el beso fue profundo, desbordante, lleno de esa pasión reprimida de los dos.

Cuando sus labios se separaron, ambos estaban jadeando, pero en la cara de Niko había una sonrisa demasiado perversa. El cuerpo de Gigi se estremecía debajo de él, una mezcla de anticipación y deseo la envolvía, y Niko disfrutó la forma en que lo miraba, erguido entre sus piernas, separándolas suavemente mientras empuñaba su erección con una mano mientras la otra iba a medir exactamente el pulso de su sexo. El contacto era eléctrico, y Gigi sentía que cada caricia la desesperaba más.

—Eso, chiquilla… eso está perfecto… —susurró Niko con una voz ronca mientras acercaba su miembro a su entrada, apenas rozando la superficie terriblemente húmeda. Y sus manos se concentraron en sus pechos mientras empujaba suavemente, solo un poco, lo suficiente para que el siguiente espasmo lo reclamara.

La boca de Gigi se abrió con sorpresa, pero no tenía nada que ver con el dolor, solo con aquella invasión lenta y extraña que parecía expandirse dentro de ella. Podía ver a Niko moverse, podía ver cada empuje ligero de sus caderas y aun así no dolía…

—¡Niko…!

—Lo estás haciendo muy bien, nena, super bien… —jadeó él aprovechando la siguiente contracción para entrar un poco más—. ¡Dios, me vas a matar…! Eres, increíble… lo estás haciendo increíble, nena, vamos… otro poquito… así…

Los gemidos de Gigi se intensificaron, su cuerpo entero se arqueaba hacia él, buscando más. Sus paredes seguían contrayéndose, y sin siquiera necesitar empujar, Niko sintió cómo las primeras pulgadas de su erección eran devoradas en medio de aquella humedad delirante. El cuerpo de Gigi acogía cada centímetro con una mezcla de resistencia y placer.

—Eso es… así, preciosa… —susurró moviéndose con más fuerza, dejando que las contracciones naturales de Gigi lo devoraran por completo, centímetro a centímetro—. ¿Te gusta, verdad? Dímelo… ¿te está gustando?

Y sabía que no iba a responderle, porque elle ni siquiera luchaba por mantener el control. Tenía los labios entreabiertos, los ojos cerrados mientras su cuerpo se tensaba una y otra vez. Cada movimiento que hacía, cada vez que se retorcía de placer, Niko podía sentir cómo su erección era devorada lentamente entre contracciones y pequeños gritos. La sensación era increíble, abrumadora, y aquella cosita pequeña y dulce debajo de él podía hacerlo correrse en dos segundo si no se controlaba.

—Eres tan… —Niko jadeó, empujando un poco más, sintiendo la fricción y el calor que la envolvía—... tan perfecta.

Gigi dejó escapar un grito ahogado mientras Niko seguía avanzando, el placer se mezcló con una ligera incomodidad mientras una pequeña gota de sangre se escurría de su sexo para manchar las sábanas. Y Niko sonrió viendo que a pesar de eso la expresión de Gigi, con los labios mordidos y los ojos llenos de lujuria, era de absoluta satisfacción. No había dolor en su rostro, solo deseo, puro e implacable.

—Dijiste… dijiste que podía… —gimió ella, y él sabía que estaba cerca, muy cerca del borde.

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