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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 883

PEQUEÑA AMADA MÍA. CAPÍTULO 59. Ayuda

Gigi estaba sentada en la pequeña mesa de su cocina, mirando fijamente las pruebas de embarazo que había dejado allí, como si fueran bombas a punto de estallar. Su respiración era entrecortada, tenía el pulso acelerado y las manos le temblaban. Durante toda la noche había evitado el inevitable momento en que tendría que enfrentar lo que temía. Así que el sol estaba despuntando ya sobre el lago y ella seguía paralizada. No sabía qué hacer. Si las pruebas salían positivas toda su vida cambiaría en un instante. ¡Pero demonios, su vida ya era un desastre!

—No puede ser… —murmuró por enésima vez, intentando convencerse a sí misma de que estaba exagerando, que aquello era solo su cuerpo jugándole una mala pasada.

Finalmente, cuando la angustia fue demasiada para soportar, se levantó de la silla, agarró una de las pruebas y caminó al baño con pasos vacilantes. Cerró la puerta detrás de ella y se sentó en el borde de la bañera, mirando el pequeño dispositivo con una mezcla de terror y desesperación.

—Solo es una prueba… —se dijo en un susurro, tratando de calmarse—. Si sale negativa, todo esto será una pesadilla pasajera.

Respiró hondo, hizo lo que tenía que hacer y luego dejó la prueba sobre el lavabo mientras se sentaba de nuevo en el borde de la bañera. El tiempo parecía detenerse mientras los segundos se alargaban hasta convertirse en minutos eternos. Gigi apenas podía respirar. El aire le pesaba en los pulmones como si el miedo lo hubiera vuelto denso, irrespirable.

Y realmente así se volvió cuando vio aquellas dos líneas: Positivo.

—No… no, no, no… —murmuró con voz ahogada mientras la prueba caía al suelo.

Se llevó las manos a la boca para ahogar un grito. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas mientras se hundía en el suelo del baño, temblando. Su mente corría a mil por segundo, pero al mismo tiempo estaba bloqueada. Todo su ser gritaba de confusión y miedo. No estaba lista para ser madre. No en esas circunstancias. ¡Y menos aún con todo lo que había sucedido entre ella y Niko!

Sin embargo su cuerpo le dio aquel aviso, vomitando solo de pensarlo, y luego las horas se hicieron incontables mientras lloraba con las manos rodeando sus rodillas, hasta que la angustia la dejó exhausta. Finalmente, se arrastró hasta su cama y se acurrucó bajo las mantas, con el único consuelo de Galia acurrucada contra ella.

Dos días enteros pasaron en un torbellino de desesperación. Gigi apenas comía, apenas dormía. Pero a la tercera noche, algo dentro de ella se armó de valor y supo que no podía seguir esperando. Se levantó de la cama y tomó su teléfono. Estaba temblando, pero sabía que necesitaba ayuda, necesitaba a alguien, y no se le ocurría a quién más podía llamar.

El teléfono sonó varias veces antes de que una voz familiar y suave contestara al otro lado.

“¿Sí? Dígame” escuchó la voz suave de la madre de Niko.

—Señora Anja… soy…

“¿Gigi?” exclamó Anja con un tono lleno de preocupación. “¿Estás bien, cariño? ¡Por Dios, nos estamos muriendo de la preocupación!”

Gigi pasó saliva y se dio valor para seguir.

—De verdad lamento mucho molestarla pero… estoy en problemas… —dijo, apenas siendo capaz de controlar el llanto que se avecinaba.

“Cariño, lo que sea que esté pasando, puedes decírmelo. Estoy aquí para ti” respondió Anja, con firmeza y ternura en su voz. “Solo tienes que decirme qué necesitas”.

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